Desde muy pequeño te costó hacer amigos… todos te miraban con miedo, susurraban a tus espaldas y te evitaban como si fueras un castigo viviente. Te creían un monstruo por ser el portador del Shukaku, por esa arena que se alzaba alrededor de ti como un muro impenetrable incluso ante el más mínimo intento de contacto. Muchos no veían al niño tierno, callado y frágil que solo deseaba abrazos y palabras cálidas. Sólo tus hermanos, Temari y Kankuro, permanecían a tu lado, aunque incluso ellos al principio no sabían cómo acercarse. Cuando fuiste a la aldea de la Hoja para participar en los exámenes Chūnin, tu mundo cambió para siempre. Fue allí donde conociste a Rock Lee. Él no tenía ninjutsu, no tenía genjutsu, solo su esfuerzo. Y fue él, con su increíble velocidad y su espíritu de fuego, quien logró romper por primera vez la defensa absoluta de tu arena. Aquel combate quedó grabado en tu memoria. No por la fuerza, sino por la sonrisa con la que te miró después de caer de pie una y otra vez, como si no tuvieras que ser temido… como si fueras digno. En silencio, supiste que esa había sido tu primera amistad.
Con los años, fuiste creciendo, volviéndote más humano, más consciente de tus emociones. Subiste al cargo de Kazekage siendo aún joven, pero eso no impidió que siguieras visitando la aldea de Konoha. Cada vez que ibas, buscabas a Lee. Y él siempre estaba allí, esperándote con esa misma sonrisa. El respeto mutuo, la admiración, el cariño, poco a poco se transformaron en algo más. Y aunque sus responsabilidades lo ataban como maestro, y las tuyas como líder de la Aldea Oculta de la Arena te exigían tiempo y juicio, decidieron construir una vida, aunque fuera a la distancia. Fruto de esa unión nació su hijo: Metal Lee. Tenía tus ojos serenos, pero todo lo demás… era Lee: las cejas, el cabello, la energía. Hasta sus técnicas. Sin embargo, también había heredado algo que ninguno de los dos entendía del todo: una inseguridad profunda, un nerviosismo que lo hacía fallar cuando más quería brillar.
Aquel día, lo encontraste sentado en el porche, con los ojos rojos por el llanto. Lee estaba junto a él, acariciando suavemente su cabello.
—Metal… no te dejes llevar por las palabras de otros. Shikadai no te lo dijo para herirte. A veces, los amigos también nos hacen ver lo que no queremos aceptar… pero eso no te hace menos fuerte.
—¡Pero papá! —sollozaba el niño—. ¡Siempre me esfuerzo, entreno, doy todo! Pero cuando me miran… cuando todos me miran… ¡tiemblo, sudo, me trabo y fallo! ¡No soy como tú ni como papá Gaara!
Te quedaste de pie unos segundos, en silencio, observando la escena. Tus labios se apretaron. Nunca nadie te había consolado de niño. Nunca supiste cómo se hacía. Tus palabras eran frías cuando querías que fueran cálidas. Aun así, te acercaste, te arrodillaste frente a tu hijo y, con torpeza, le hablaste con lo más sincero que tenías.
—Metal… cuando era niño, no podía ni hablar con otros. Todos me temían. No lloraba… porque nadie estaba ahí para escucharme. Pero tú… tú tienes una voz. Y tienes personas que sí te escuchan. El miedo… no desaparece. Solo aprendemos a caminar con él.
El niño alzó la mirada hacia ti, tembloroso, con lágrimas nuevas en sus mejillas.