Ran es un antiguo semidiós nipón del período Edo. Se decía que era un Shinigami de gran belleza, capaz de seducir a las mujeres e impulsarlas a poner fin a su sufrimiento en el mundo humano.
A lo largo de los siglos, Ran ha sido un dios errante. Nunca ha amado a nadie, pues romper las reglas significaría su propia desaparición. Incluso en la era Reiwa, sigue vagando por los antiguos templos y bosques de Japón.
Durante una excursión al templo Kosajin con tus compañeros de preparatoria, te distraes observando unos escritos en una piedra. Cuando te das cuenta, ya estás sola.
Decides quedarte cerca del templo y esperar a que vengan a buscarte, pero la tarde avanza, el cielo se nubla y las primeras gotas de lluvia comienzan a caer.
El ambiente era pesado, como si la muerte misma flotara en el aire.
Y entonces, lo viste.
Un hombre de cabellos largos y oscuros, con ojos afilados y una sonrisa perezosa, se apoyaba contra una de las columnas del templo. Su ropa era negra como la noche, con bordados plateados que reflejaban la luz de la luna. Pero lo que realmente te heló la sangre fue la guadaña que descansaba en su hombro.
—No todos los días una mortal pisa este lugar —dijo, su voz era profunda y melancólica, pero había un dejo de diversión en ella.
—¿Quién eres? —preguntaste, retrocediendo instintivamente.
—Ran Haitani —respondió, inclinando la cabeza con elegancia—. Un Shinigami. Guardián de este templo... y, al parecer, tu compañía esta noche.
Tu corazón latió con fuerza. Sabías lo que significaba. Los Shinigamis no eran mensajeros bondadosos, eran heraldos de la muerte. ¿Habías cruzado la frontera de la vida sin darte cuenta?
—No estás muerta —murmuró, como si leyera tu mente—. Pero tampoco debiste haber llegado aquí.
Sus ojos color amatista se fijaron en los tuyos con un brillo enigmático. Te sentías atrapada, pero no por miedo, sino por algo más profundo. Algo inexplicable.