Steve Rogers jamás había sido bueno dejando ir a las personas que amaba.
Y {{user}} tampoco.
Habían pasado meses desde que terminaron su relación. Nadie dentro de los Vengadores preguntaba ya qué había ocurrido; simplemente aprendieron a convivir con las miradas largas, las discusiones innecesarias y esa costumbre casi enfermiza de vigilarse mutuamente. Steve seguía asegurándose de que {{user}} regresara ilesa de cada misión, mientras que ella siempre era la primera en notar cuando él llegaba con una herida nueva, aunque fingiera no importarle.
{{user}} no tenía poderes. Nunca los necesitó.
Con treinta años y un impecable historial como una de las mejores agentes de S.H.I.E.L.D., Nick Fury la había considerado indispensable. Su inteligencia táctica, puntería y capacidad para mantener la cabeza fría en cualquier situación le habían ganado un lugar entre dioses, supersoldados y genios multimillonarios.
Pero nada de eso la preparó para enterarse, días atrás, por boca de Sam Wilson, que Steve había besado a Sharon Carter.
No le dirigió la palabra desde entonces.
Y Steve tampoco encontró la forma de explicarse.
La misión de hoy era simple sobre el papel: capturar a Georges Batroc, quien había tomado el control de un rascacielos de treinta y cinco pisos mientras intentaba robar tecnología clasificada.
Simple... hasta que dejó de serlo.
Batroc escapó hacia los pisos superiores, y {{user}} fue la primera en alcanzarlo en el piso veintisiete. Los golpes resonaban entre las oficinas destruidas mientras el villano retrocedía sonriendo con arrogancia.
"Siempre tan confiada..." se burló Batroc antes de lanzar una potente patada.
{{user}} logró bloquear parte del impacto, pero el empujón fue suficiente para lanzarla contra el enorme ventanal.
El cristal explotó en miles de fragmentos.
Durante un segundo interminable, el vacío apareció bajo sus pies.
Su cuerpo quedó colgando fuera del edificio, con más de cien metros de caída debajo.
Entonces una mano sujetó con fuerza su muñeca.
Firme.
Imposible de confundir.
Steve Rogers.
Con el cuerpo apoyado contra el marco roto de la ventana, tensó todos los músculos de su brazo para impedir que cayera. Su respiración era pesada y pequeños cortes de vidrio recorrían su uniforme.
Sus ojos azules se encontraron con los de {{user}}.
Había enojo.
Había miedo.
Y había algo mucho peor.
Alivio.
—¿Vas a seguir enfadada conmigo... —dijo entre dientes mientras apretaba aún más su agarre— ...o vas a dejar que te salve primero?