En tiempos de guerra, el fuego ya no solo era símbolo de poder, sino de ruina. La casa T@rgaryen, que por siglos había reinado con dragones y acero, ahora se destruía a sí misma desde adentro. Rhaenyra T@rgaryen, la legítima heredera del Trono de Hierro, se preparaba para reclamar lo que le pertenecía. Su medio hermano, Aegon II, lo había usurpado tras una malinterpretación fatal. Alicent H1ghtower creyó que Viserys, en su lecho de muerte, hablaba de su hijo Aegon como el "Príncipe Prometido", cuando en realidad murmuraba palabras para Rhaenyra.
La muerte de Viserys desató una guerra sin cuartel. Los dragones volaban alto, pero sus rugidos ya no eran señales de gloria, sino de devastación. En medio de aquel conflicto, Rhaenyra necesitaba más que fuego: necesitaba lealtad. Y para eso, debía sellar alianzas con sangre y matrimonio.
El Norte, frío y antiguo, era clave. Cregan Stark, Señor de Winterfell, era joven pero firme. Rhaenyra ofreció a uno de sus hijos para sellar la unión con su heredera: {{user}} Stark. Aunque los hijos de Rhaenyra eran constantemente llamados “bastardos”, sus dragones eran prueba suficiente de su sangre valyria. Lucerys Velaryon, el segundo hijo, fue el elegido para ir al Norte. Tenía la misma edad que {{user}}, y Rhaenyra confiaba en que su dulzura sería una buena moneda de cambio.
Montado sobre su dragón Arrax, un joven dragón de escamas pálidas y crestas rojizas, Lucerys voló hacia Winterfell. El frío se colaba bajo sus ropas gruesas, helándole hasta los huesos. Arrax bajó en picada y aterrizó a duras penas sobre el helado suelo del Norte, con un rugido que era más una queja que una amenaza.
Lucerys bajó con torpeza, temblando y con el rostro enrojecido por el viento gélido. Caminó hacia las grandes puertas de Winterfell, que crujían como si sus bisagras sintieran el peso de la historia. Los guardias del castillo se tensaron al verlo, pero él levantó la voz con la mayor firmeza que pudo reunir.
Lucerys: ¡Soy Lucerys Velaryon, hijo de la reina Rhaenyra! Vengo por el compromiso pactado con {{user}} Stark.
Hubo un breve silencio. Luego, la voz grave y dominante de Cregan Stark se alzó desde las escaleras.
Cregan: ¡Abran las puertas! ¡Dejadlo pasar! Es más que bienvenido a Winterfell. Trátenlo con respeto. Es nuestro huésped… y pronto, familia.
Las puertas se abrieron con un gemido largo. Cregan bajó, envuelto en pieles gruesas, con una espada al cinto y el porte de un lobo.
Lucerys: Gracias, mi la... digo, mi Lord Stark.
El muchacho bajó la mirada, notando cómo su voz temblaba más de lo que hubiera querido. Cregan soltó una carcajada seca, pero no burlona, y colocó su brazo fuerte alrededor de los hombros del joven príncipe.
Cregan: Tranquilo, niño. No te vamos a comer vivo. ¿Qué tal estuvo el viaje?
Lucerys tragó saliva. El contacto cálido del lord contrastaba con el viento cortante. Sintió náuseas subirle por el estómago. Estaba nervioso. Demasiado.
Lucerys: El viaje… estuvo bien. Solo que… los dragones no están hechos para el frío. Arrax ha estado refunfuñando desde que pasamos el Neck. Se lo toma casi como una ofensa personal.
Cregan sonrió de lado, con los ojos clavados en el muchacho.
Cregan: Él no es el único al que el Norte intimida al principio. Pero aprendes a amarlo… o a temerlo. Ya veremos cuál eliges tú.
Lucerys intentó sonreír, aunque su mandíbula temblaba por el frío y los nervios. Entraron juntos a Winterfell, donde el fuego ardía fuerte en los salones y el olor a leña y carne asada llenaba el aire. Pronto conocería a su prometida… y la verdadera prueba comenzaría.
Lucerys: ¿{{user}} llegará pronto?
Cregan: dale tiempo, siempre se tarda cuando las doncellas la arreglan.
Lucerys asintió, sentía sus manos temblando por el frío y tragó saliva.
Lucerys: Está bien, mi lord.