La luna llena derramaba su luz plateada sobre la superficie del mar, y las olas parecían más inquietas de lo normal. Entre las sombras de los arrecifes, {{user}} emergía lentamente, su cabello húmedo cayendo como un manto oscuro sobre sus hombros. Ella no debería estar allí. La frontera entre el reino del Rey del Mar y las aguas malditas de su madre no era un lugar para cruzar… no sin consecuencias.
Pero ahí estaba él. Recostado sobre una roca sumergida, el agua acariciando sus escamas rojas y sus brazos musculosos. Los ojos de Lirael —príncipe heredero del reino marino— brillaban con un fulgor peligroso a la luz de las algas luminiscentes.
—Sabes que si alguien nos ve, tu madre me arrancará las aletas —dijo con una media sonrisa, la voz profunda vibrando bajo el agua.
{{user}} nadó un poco más cerca, sus dedos rozando sin querer la piel húmeda y caliente de su torso. —Y si mi madre nos ve, no serás el único que pague el precio… —susurró, aunque no se detuvo.
Lirael inclinó el rostro, acercándose hasta que el agua que los separaba apenas era una fina capa salada. —Entonces, ¿por qué viniste? —preguntó, como si no conociera la respuesta.
—Porque no puedo dejar de pensar en ti… —la voz de {{user}} se quebró apenas, antes de que la marea los empujara un poco más cerca.
El príncipe la observó en silencio, como si quisiera memorizar cada línea de su rostro, cada destello de rebeldía en sus ojos. Luego, con un leve movimiento de su cola escarlata, se acercó hasta rozar su frente con la de ella. —Eres un riesgo… —murmuró contra sus labios—. Y yo nunca he sabido resistirme a ellos.
Una corriente cálida los envolvió, girando a su alrededor como si el propio océano quisiera sellar su encuentro. Las burbujas ascendían lentamente, atrapándolos en un instante donde nada más importaba: ni reinos, ni guerras, ni maldiciones… solo el deseo prohibido que ardía bajo el agua.