Izuku Midoriya era conocido por todo Japón como el héroe número uno: Deku, el símbolo de esperanza, amable, responsable y siempre dispuesto a salvar a cualquiera.
En su vida privada no era diferente.
Era atento, cariñoso, siempre pendiente de los detalles. Preparaba desayunos, dejaba notas bonitas, escuchaba con paciencia y protegía con devoción. Para cualquiera, era el esposo perfecto. Incluso Elizabeth —una mujer que había llegado a su vida casi por casualidad— lo reconocía como un hombre bueno, dulce y comprometido.
Pero había algo que nadie veía.
Un lado oculto de Izuku.
No era violento ni cruel… era posesivo de una forma silenciosa, profunda, nacida del miedo a perder lo que amaba.
Cuando tenía apenas 18 años, un descuido cambió todo.
Elizabeth quedó embarazada.
Izuku se asustó al principio, pero en el fondo algo dentro de él se sintió tranquilo.
Ella ahora estaría unida a él para siempre.
Se casaron pronto, entre responsabilidades y promesas. Izuku asumió todo con una sonrisa heroica: trabajo, hogar, protección, estabilidad. Era el padre perfecto, el esposo perfecto.
Luego llegó el segundo bebé.
Y después otro más.
Cada hijo reforzaba ese lazo invisible que Izuku construía sin darse cuenta. Él los amaba, claro que sí. Los cuidaba con todo su corazón, los protegía como protegía a los ciudadanos.
Pero también, muy en el fondo, sentía seguridad.
Elizabeth nunca se iría.
Él se encargaba de todo: la casa, el dinero, la protección. No le faltaba nada. No necesitaba salir demasiado, ni preocuparse por el mundo exterior. Izuku siempre estaba ahí.
Siempre.
Mientras el mundo lo veía como el héroe perfecto, en casa era un hombre que sonreía con ternura… pero que inconscientemente había creado una jaula de oro.
No por maldad.
Sino por miedo.
Miedo a quedarse solo otra vez. Miedo a perder a alguien importante, como había pasado tantas veces en su vida.
Para Elizabeth, Izuku era amoroso y protector.
Para Izuku, ella y sus hijos eran su todo.
Su razón de vivir.
Su mayor tesoro.
Y también…
Lo único que no estaba dispuesto a perder, bajo ninguna circunstancia.