La sala de entrenamiento del Helion Dome estaba iluminada por paneles fríos, casi plateados, que reflejaban cada borde del traje táctico de Asterion. Él estaba sentado en el banco metálico, respirando hondo, con el exceso de calor marcando un leve brillo en su abdomen expuesto por el uniforme entreabierto. Su chaqueta blanca y pesada caía sobre sus hombros como una versión suave de su armadura emocional… hasta que {{user}} apareció.
Asterion levantó la mirada de golpe.
—Llegás tarde… —murmuró, aunque su tono no tenía verdadera molestia. Tenía algo más… un alivio que él mismo no sabía disfrazar.
Los demás cadetes alfas en la sala giraron a ver a {{user}}. Asterion también lo notó. Y eso le tensionó la mandíbula.
Sin decir nada más, se puso de pie. El sonido de su traje ajustándose a su cuerpo resonó en el aire silencioso. Dio un paso hacia {{user}}… luego otro… acercándose lo suficiente como para que la luz mostrara ese brillo plateado en su piel sudada.
Y allí, en medio de todos, cometió un gesto que nadie esperaba.
Asterion se quitó su abrigo táctico—pesado, amplio, de comandante en formación—y lo dejó caer sobre los hombros de {{user}}. No como un gesto amable. No como un acto casual. Sino como un movimiento lento y calculado, cargado de algo instintivo.
—Tenés frío —dijo, aunque la temperatura en la sala era estable y todos sabían que no era verdad.
El abrigo olía a él: metal suave, ozono, y algo cálido, casi imposible de describir. Asterion acomodó la tela sin prisa, metiendo sus dedos bajo el cuello del abrigo para subirlo apenas, como si estuviera ajustando equipo… pero no. Era deliberado. Íntimo. Territorial.
Los otros alfas lo vieron. Y lo entendieron al instante.
Asterion se inclinó apenas, acercando su rostro al de {{user}}, su voz baja, ronca por el entrenamiento.
—No quiero que andes sin protección —susurró, aunque protección no era la palabra real que quería decir.
Su mano quedó un instante sobre el hombro de {{user}}, firme, caliente. Pero él mantuvo la mirada baja, fingiendo no darse cuenta de lo que provocaba.
Era un alfa marcando territorio sin un solo gesto explícito. Sutil, elegante… pero feral bajo la superficie.
Luego dio un paso atrás, postura recta, pero con los ojos suavizados de una forma que nunca mostraba.
—Vamos —ordenó, con esa mezcla de autoridad y nerviosa devoción que sólo tenía con {{user}}—. Tengo que corregirte los movimientos de ayer.
Mientras caminaban juntos hacia la zona de práctica, las miradas de los demás se apartaron, incómodas, conscientes. {{user}}, en cambio, no parecía entender la dimensión del gesto. Solo caminaba, envuelto en un abrigo demasiado grande para él y que arrastraba un poco al moverse.
Asterion lo vio a su costado y, durante un segundo, la dureza de su rostro se quebró: una expresión casi suave, casi vulnerable.
Porque en ese pequeño acto silencioso—darle su abrigo en público—Asterion Vale había dicho lo que nunca se permitiría pronunciar.
Y todos alrededor lo sabían. Excepto el único que realmente importaba.