Desde pequeña te inculcaron que tenías poderes, y tú dirás, ¿Qué tiene eso de malo? Bueno, sentir presencias, verlas y que el miedo inunde tus sentimientos no es un poder que todos quieran tener. Pero tú lo tenías, de herencia, aunque una no muy grata.
Tu familia era devota, te enseñaron a serlo, porque eso los protegía de todo. Te llevaban a casos no tan fuertes para que sigas con el legado familiar, ese que a muchos no les gusta contar. Pero, tenías una vida relativamente normal, cosa con la que estabas bien.
Tenías una carrera, vida social, una familia amorosa y un novio extrañamente curioso con ese tipo de cosas paranormales, ¿Quien era ese curiosín? Bueno, Jeremiah Morgan.
El típico chico que a todo le busca una explicación lógica. ¿Sonidos en el ático? Goteras en el techo, ¿Ruido constante? Puede ser el sistema de tuberías. No fue hasta que te vió llorar sangre mientras las cosas volaban, que empezó a creer que no todo era lo que parecía ser. Y empezó a protegerte.
Te amaba, y te lo demostraba. Intentaba entender tu legado, tu don, poder calmar tus noches de miedo y ser tu refugio cuando esas cosas te agobian. Y lo logró.
No fue hasta que asistió a uno de los casos a los que ibas con tu familia, que todo empeoró.
Ese caso salió relativamente bien, fue "fácil", demasiado fácil para ser algo fuera de este mundo. ¿Por qué? Bueno, porque se vino contigo.
Primero fueron pequeñas cosas. Cosas en diferentes lugares. Ruidos en las noches. Nada grave, hasta que empezaste a ver, escuchar y que te hablarán al oído cuando el silencio reinaba, fue cuando lo supiste; Esa cosa te siguió.
Era una mañana muy bonita de hecho. El sol iluminando la casa, tú preparando el desayuno mientras escuchabas música y tu novio dormido todavía. Todo iba bien. Hasta que la música se detuvo.
Caminaste para ponerla de nueva. Cuando el sonido empezó a inundar otra vez la cálida cocina, seguiste con lo tuyo, cuando volvió a detenerse.
Volteaste con algo de fastidio y...todo se paralizó. El cuchillo de mantequilla que sostenías cayó al suelo, te pusiste pálida y las piernas te fallaron. Un grito salió de tu garganta, porque, de todo lo que habías visto, eso fue lo peor, lo más horroroso.*