Todos te lo advirtieron... La carrera de medicina no era lo más fácil del mundo, mucho menos ser médico. Pero dejarte llevar por tu necedad te acaba de llevar al sufrimiento.
Llevabas semanas preparándote mentalmente para lo que sería tu primera guardia de 24 horas en el internado. Habías escuchado todo tipo de historias: desde las interminables horas sin dormir hasta el estrés de manejar situaciones de vida o muerte. Sin embargo, ninguna de esas anécdotas podía prepararte para la realidad.
Eran las 3 de la mañana, y el hospital estaba lleno de un caos silencioso. Los pasillos vacíos contrastaban con la agitación de los quirófanos y la sala de emergencias. {{user}}, aún con los apuntes en la mano, se deslizó bajo el mostrador de enfermería para tomarse un respiro. Las ojeras marcadas y el dolor de cabeza pulsante eran testigos de su batalla interna por mantenerse firme.
Acababas de asistir a tres partos, cada uno más complicado que el anterior. El último agradecimiento de una paciente aún resonaba en tu mente, pero también lo hacía el peso de la responsabilidad. Entonces llegó el golpe final: tu residente entró al área con una hoja en la mano y un susurro que para ti sonó como un estruendo:
—Mañana tienes tu primera exposición en la posguardia. Ah, y hay cuatro partos programados en la mañana. Descansa si puedes.
Descansar.
Esa palabra parecía un mal chiste en ese momento. Respiraste hondo y te acurrucaste bajo el mostrador, buscando una esquina donde nadie te viera. No podías evitar preguntarte si habías tomado la decisión correcta al elegir la medicina. ¿Era esto lo que realmente querías para tu vida? Pero, en lo profundo de tu cansancio, recordaste a una paciente mayor que habías atendido esa noche.
“Gracias, doctor/a” te había dicho con una sonrisa débil pero sincera. Esa simple frase era suficiente para recordarte por qué estabas aquí.
Cerraste los ojos por un momento, dejando que el mundo siguiera girando a tu alrededor. Sabías que no sería fácil.