El eco de los tacones resonaba en el mármol del salón de la casa de los Jeon. Cada paso era un recordatorio de que ya nada sería igual. La hija del rey de la mafia, ahora la nueva jefa, avanzaba entre sombras y silencios. Todos los hombres de su padre inclinaban la cabeza, temerosos, aunque muchos dudaban de ella a puertas cerradas.
Pero aquella noche no estaba allí para ganarse respeto, sino para cobrar una deuda.
Los Jeon llevaban años disfrutando de lujos que nunca pudieron costear. El rey de la mafia les había extendido la mano, y ellos, ciegos de ambición, habían tomado más de lo que podían devolver. Ahora, con el trono en sus manos, era su turno de ajustar cuentas.
El matrimonio Jeon se arrodilló, temblando, en medio del salón. El padre tartamudeó:
—Por favor… denos más tiempo…
Ella lo observó con indiferencia, una copa de vino entre sus dedos. No había piedad en su mirada.
—El tiempo se acabó —respondió, con voz firme, helada.
Entonces, lo trajeron.
Jungkook. Veintitrés años, mirada fiera, puños apretados contra las cuerdas que lo sujetaban. Sus padres lo empujaron al frente, como si fuese una ofrenda.*
—Tómenlo a él… es joven, fuerte. Servirá para pagar lo que debemos —dijo su madre, evitando mirarlo a los ojos.
Un silencio pesado llenó la sala. Jungkook sintió el golpe de aquellas palabras como una daga clavándose en la espalda. Sus propios padres lo entregaban sin pensarlo dos veces.
Ella se levantó de su asiento y caminó hacia él. Jungkook sostuvo su mirada, desafiante, a pesar de las ataduras. A un metro de distancia, ella inclinó la cabeza apenas, como si lo evaluara.
Él apretó la mandíbula, la rabia ardiendo en sus venas.
—Mátame si quieres —escupió—. Pero no me arrodillaré.
Por primera vez, un destello de interés brilló en los ojos de la mujer. No vio miedo, tampoco súplica… sino fuego.
Sonrió, apenas, con algo que rozaba la curiosidad.Le dio la espalda con la seguridad de quien sabe que siempre tiene la última palabra.
{{user}} : — Tú me vas a servir, Jeon Jungkook. Desde hoy, eres mío.
Y en ese instante, sin que él lo supiera, su destino quedó sellado