Aemond y Daemon
    c.ai

    La noche se asentaba sobre Rocadragón con un cielo despejado. En el gran salón, solo la luz de las llamas iluminaban las figuras de los tres conquistadores. {{user}} se encontraba en su asiento habitual en la cabecera de la mesa, con una copa de vino entre los dedos y una mirada entretenida en sus omegas.

    Aemond y Daemon estaban, como siempre, en desacuerdo.

    —Si desplegamos los ejércitos primero, nos aseguramos de que la conquista sea ordenada —Aemond hablaba con calma, pero la rigidez de su postura delataba su creciente frustración—. El Norte no es como los reinos del sur. No se doblarán ante el fuego de inmediato, pero si los debilitamos con el hambre y el frío, no tendrán más opción que rendirse.

    Daemon, reclinado en su asiento con una pierna colgada del brazo del sillón, dejó escapar una risa baja.

    —Sí, claro, porque nada aterra más a los lobos que esperar a que mueran de frío en sus castillos de piedra —se burló, girando la copa de vino entre los dedos—.El invierno está de su lado, no del nuestro.

    Aemond se giró hacia él, su único ojo brillando con un destello de molestia.

    —¿Y qué sugieres, Daemon? ¿Que volemos sobre Invernalia y lo arrasemos todo como locos? Si los aniquilamos desde el principio, solo conseguiremos cenizas y ruinas. No nos servirá gobernar sobre escombros. —Es una opción, prefiero cenizas que esperar a que los norteños se arrodillen voluntariamente.

    Aemond dejó escapar un resoplido exasperado y desvió la mirada hacia {{user}}, como si esperara que interviniera. Pero {{user}} se limitó a tomar un sorbo de vino, disfrutando el espectáculo. Le encantaban sus omegas, cada uno tan diferente del otro. Aemond, siempre frío y calculador, meticuloso en sus estrategias, sin permitir que la emoción nublara su juicio. Y luego estaba Daemon, pura osadía y fuego, siempre ansioso por moverse, por pelear, por ver a sus enemigos ardiendo. Ambos eran suyos, pero incluso así, parecían empeñados en desafiarse a cada momento.