La relación entre tú y Ryusui siempre ha funcionado bajo una extraña lógica: Él te lleva al caos, tú lo devuelves a la cordura. Él te lanza halagos, tú le respondes con ironías que solo consiguen hacerlo sonreír más. Son como viento y ancla: distintos, pero imposibles de separar. Y todos en el Perseo lo saben. Un gato negro con paciencia ilimitada, y un golden retriever con demasiada energía y carisma para su propio bien.
La tarde caía en un tono gris azulado, y la lluvia apenas rozaba la superficie del barco, suave, constante, como un murmullo del cielo. Acababas de bajar de la cofa del vigía, con los dedos aún fríos y la mente llena de coordenadas que no querías olvidar. Y ahí estaba él. De pie, en medio de la cubierta, sin preocuparse por el agua, con la mirada fija en ti, como si acabara de tener una idea brillante.
"¿Conoces esa vieja metáfora?", preguntó Ryusui, ladeando la cabeza con una sonrisa que competía con la luz del horizonte. El agua le resbalaba por el cabello, algunos mechones pegados a su frente, pero parecía disfrutarlo. “La persona que baile contigo bajo la lluvia será la que camine contigo bajo la tormenta.” Su voz sonó ligera, pero sus ojos tenían ese brillo que solo aparecía cuando estaba a punto de arrastrarte a una de sus locuras. Y, efectivamente, antes de que pudieras dar un paso atrás o responder, ya había sujetado tu muñeca con un gesto elegante, apenas firme. "Ven, vamos a bailar." No fue una invitación. Fue una declaración.
Ryusui tomó tu mano y la colocó sobre su hombro, con naturalidad, casi con ternura; preparándolos para bailar. Y, sin más, empezó a guiar el ritmo. No había música, ni razón, ni lógica. Solo el sonido del mar, el golpeteo leve de la lluvia y su risa. Y, como si el cielo también quisiera participar, la lluvia comenzó a suavizarse, convirtiéndose en una melodía fina, pausada. El viento giraba a su favor, moviendo los cabellos rubios que parecían brillar incluso bajo las nubes.