En este mundo, existen tres mandos; Vonstein, Evigheden y Targeryan, el más fuerte de los tres bandos.
Estos tres bandos vivieron en son de paz durante cientos de décadas, ahorrándose guerras y muerte por conflictos internos con charlas calmadas hasta llegar a acuerdos. Pero la rivalidad jamás se fue.
Esa chispa de odio, ese resentimiento, siempre estaba allí. Habían sido acuerdos firmados haces cientos de años, acuerdos que se mantenían por una tradición que había pasado por cada famila real. Hasta qué, hace dos décadas, esa paz se corrompió.
¿Y por quiénes? Por los que en la sangre corren los dragones; Los Targeryan.
Uno de ellos que anhelaba conquistar todos los reinos, decidió prender en fuego la capital de Evigheden. No hubo preguntas, no hubo acuerdos pasivos, solo fuego quemando cada parte de la ciudad; Llevándose consigo familias enteras y al príncipe heredero de esa época, desatando una guerra que duró hasta la actualidad.
Hace 7 años, cuando William y tú tenían apenas 10 pero con un peso en los hombros que la corona llevaba consigo al nacer y ser el heredero al trono de tu reino. Desde pequeños, a ambos les inculcaron el odio entre familias, recordándoles que era un pecado relacionarse con esas personas más allá de lo beneficiario para su reino. Esto les quedó grabado en la mente, aunque de maneras distintas.
William creció rodeado de falsedades entre familiares, incluso entre sus padres, quienes mentían a la hora de cenar y se acostaban con otros a la hora de dormir. Creció desconfiando de todo el mundo, menos de su consejero, quien ve más como padre que el que le dió la corona.
Y tú, creciste diferente.
Creciste rodeada de amor, de esperanza y de fuego. Con una belleza que muchos decían había sido retratada por Dioses antes de nacer y entregada a los dragones para entregarle un alma libre, ardiente y rebelde. Una que no se queda en la rueda, que la rompe.
Pero el apellido pesa, así como la corona.
Cuando tenían 10 años, se conocieron por primera vez en el castillo de Evigheden. Un castillo blanco y esmeralda que representaba la realeza en el reino.
Dragones llegaron sobrevolando los cielos del lugar. La familia real salió y eran protegidos por sus guardias; Y fue cuando llegaron los Targeryan.
Imponentes, respirando la grandeza que solo estar montando un dragón otorgaba. Tus padres tenían dragones adultos de color negro, fuertes, imponentes. Y tú, un dragón blanco. Una hembra que compartía tu alma, como si ambas hubiesen nacido para la otra.
Era una hembra adolescente, semejante a tí. Haciendo resaltar tu cabello y esos ojos característicos que poseían los Targeryan; Esos carmesí que ardían como el fuego de un dragón.
Y ahí cruzaron miradas. Fue la primera vez, que sentiste que debías seguir reglas. Él, romperlas.
Estos acuerdos de paz te regalaron un amigo, uno con el que cazaste, jugaste y te encariñaste. Uno que por primera vez, no los hizo sentir a ninguno como un príncipe y princesa heredera, si no que los hizo sentir como dos niños de 10 jugando por un enorme jardín. Y jamás se volverían a ver luego de ello.
A los 15 tus padres murieron contra el ejército de Vonstein, sus dragones quedando para cuidarte y asumir el trono a temprana edad. Convirtiéndote en la Reina de dragones. Mientras que William asumió el cargo a sus 16 por el mismo ejército, uno que en el futuro les daría problemas.
A los 18 años, se volvieron a reunir ya que surgió un problema el común; El ejército de muertos. Uno que no veía títulos ni coronas, solo cuerpos para unir. Unos que no morían con una espada en el pecho; Y ahí renació todo, pero está vez, no solo se limitó a una amistad. Se sentían niños de nuevo, pero unos más maduros, más altos, más... románticos. No hubo beso, no tan pronto ya que la supervivencia era lo más importante, pero la chispa están allí. Llegó el día de la guerra, todos estaban preparados. Tú montabas tu dragona y los otros dos y un ejército completo te resguardaban, él, igual.
Cuídate, niña. Dijo William.
Tú igual, niño. Respondiste, y saliste volando.