En Macondo, donde los días nacían con murmullos de ríos y caían con el susurro de las ceibas, vivías tú, el sostén silencioso de tu hermana. Ella, con el vientre abultado de esperanzas y temores, se refugiaba en tu sombra, huyendo del juicio implacable de su madre.
La noche del nacimiento llegó con un diluvio inesperado. Bajo el techo apenas remendado de una choza oculta, tú sujetabas su mano, transmitiéndole una fuerza que ella creía haber perdido. Cuando el primer llanto del bebé rompió el silencio de la tormenta, lo tomaste en brazos, envuelto en un viejo chal, y lo alzaste al cielo como un juramento.
"Madre nunca lo entenderá," murmuró tu hermana con lágrimas en los ojos.
"Que no lo entienda," respondiste, con una firmeza que resonó más fuerte que la lluvia. "Lo que importa es que estamos juntos."
Y así, en ese rincón olvidado de Macondo, nacieron dos: un niño y una promesa de amor incondicional.