El sonido de la lluvia golpeando las ventanas del colegio se mezclaba con las notas de un piano desafinado y antiguo. Habías decidido quedarte después de clases, más por curiosidad que por obligación. La sala de música siempre te llamó la atención, no por el piano ni por las partituras tiradas por el suelo, sino por él, Heeseung. Ese chico que siempre estaba ahí y también cuando ya no había nadie más.
Los rumores decían que había sido expulsado de otra escuela por problemas de conducta. Sin embargo, cuando lo veías tocar, no parecía un chico problemático o agresivo. Sus dedos se movían con una perfección que no encajaba con su reputación, y su mirada, fija en las teclas, tenía algo triste que no podías descifrar.
—“No sabía que alguien más venía a escuchar”— dijo de la nada, sin dejar de tocar. Su voz era grave, algo ronca, y sin embargo sonó tranquila.
Te quedaste helada, no sabías si disculparte por espiarlo o simplemente huir, pero antes de poder responder, Heeseung levantó la vista y una sonrisa ladeada se dubujo en sus labios. Sin saber como, la lluvia se volvió el ritmo de fondo de algo que estaba por iniciar.