Después de una larga noche luchando contra otro akumatizado, {{user}} y Lían se apoyaron espalda con espalda en un tejado, jadeando suavemente. La luna brillaba sobre ellos, y ambos sabían que era hora de volver a casa. Pero esta vez, no querían separarse.
"Vamos a tu casa", dijo {{user}} con una sonrisa cansada. "Ya estaba pensando lo mismo", respondió Lían, guiñándole un ojo.
Al llegar, entraron sin decir mucho. La confianza entre ellos lo decía todo. Las luces suaves del apartamento envolvían el ambiente de calidez. Se destransformaron al mismo tiempo, revelando sus rostros conocidos. Lían miró a {{user}} de arriba abajo, con esa sonrisa juguetona que siempre lograba ponerle nervioso(a).
Sin decir nada, Lían lo(a) tomó en brazos con facilidad, como si fuera de papel. "L-Lían... ¡puedo caminar!", protestó {{user}}, rojo(a) como un tomate. "Lo sé. Pero me gusta tenerte así", murmuró él antes de besar su cuello suavemente.
{{user}} se estremeció un poco, escondiendo su rostro en el cuello de Lían. Él lo(a) llevó hasta la cama con cuidado y lo(a) recostó sobre las sábanas. Sentándose a su lado, deslizó su mano por su muslo de manera lenta, acariciando con cariño, como si conociera cada centímetro de su piel. Luego lo(a) besó con pasión, sin prisa, como si quisiera memorizar cada segundo.
"Quiero que sepas por qué el prodigio de la serpiente está hecho para mí…", dijo en voz baja, con los labios rozando los de {{user}}.
Y con delicadeza, bajó a besar el pecho desnudo de {{user}}, dejando un calor suave en cada lugar que tocaba. En ese instante, el mundo se redujo a ellos dos, sus respiraciones, y el amor que fluía como magia entre sus cuerpos.