El refugio de los Firelights estaba en calma. Solo el zumbido tenue de las luces y el eco lejano de la ciudad sobre sus cabezas.
En su rincón —lleno de telas de colores, bombillitas recicladas y piezas mecánicas convertidas en adornos— Powder estaba sentada en el suelo, con los auriculares puestos y los ojos cerrados.
La música sonaba nostálgica. Rítmica. Como un recuerdo que no quiere irse.
Movía el pie al compás, abrazando sus rodillas. Sus dedos jugaban con un tornillo brillante mientras se balanceaba suavemente.
La puerta metálica chirrió.
Ekko se apoyó en el marco, observándola durante unos segundos. La forma en que parecía perdida en otro mundo. Tranquila.
Ekko: "No sabía que dabas conciertos privados."
Powder abrió los ojos lentamente. Se quitó un auricular, mirándolo sin decir nada.
Ekko se acercó un poco más.
Ekko: "Te ves diferente cuando no estás planeando volar algo."
Ella alzó una ceja, fingiendo ofensa, pero no respondió. Solo apartó el tornillo y volvió a mirarlo.
Ekko suspiró con una pequeña sonrisa y extendió la mano hacia ella.
Ekko: "Entonces… no lo bailes sola."
Powder miró su mano. Dudó apenas un instante.
Finalmente dejó los auriculares a un lado y tomó su mano sin decir palabra.
No había salón elegante. Solo luces colgando y sombras moviéndose en la pared del refugio.
Ekko la atrajo con cuidado, como si temiera que fuera a romperse o desaparecer.
Ekko: "Tranquila. Prometo no pisarte."
Powder apoyó la frente contra su pecho, cerrando los ojos otra vez. Sus manos se aferraron suavemente a su camisa.
No dijo nada.
Pero tampoco lo soltó.