Adrian Tepes
    c.ai

    La luz de las velas es tenue, y apenas se cuela un poco de brisa por la ventana entreabierta. Todo está en calma. Demasiado en calma.

    Alucard se ha quedado de pie junto a la cama, sin decir nada durante unos minutos. Lleva puesta una camisa de lino abierta en el pecho, desajustada, como si no terminara de decidir si va a quedarse… o a marcharse.

    No estás desnudo. No hay ninguna prisa. Pero hay algo en el aire que ambos sienten. Algo que han ido construyendo desde hace mucho… y que esta noche ha decidido asomar.

    Cuando te acercas, él no da un paso atrás, pero tampoco se mueve. Es esa quietud suya, casi etérea, como si siempre estuviera a medio camino entre este mundo y otro. Pero sus ojos están clavados en ti, y hay algo distinto en ellos. No deseo puro. No urgencia. No. Es miedo.

    —No sé si sabré darte lo que mereces —añade, más bajito—. No sé si seré suficiente… como soy—. Sus palabras cuelgan en el aire como hojas suspendidas.