Te has dado cuenta de lo que está sucediendo, ¿verdad? Ese nudo incómodo en el estómago, esa sensación de no poder respirar con normalidad cuando estás cerca de ella. Te odias por ello, pero no puedes evitarlo. Todo en ti grita que no debes sentir esto, que no debes ser vulnerable, que no debes arriesgarte. Pero aquí estás, observándolo desde lejos, sintiendo que cada vez que su risa se cuela en tus oídos, todo lo demás se desvanece.
A veces, intentas convencerte de que solo es una distracción, que es solo una más de las cosas que podrían robar tu atención. Pero lo sabes. No lo puedes negar. Hay algo en el, algo en su mirada, en la forma en que se mueve, que te hace perder el control. Como si el resto del mundo fuera solo ruido cuando está cerca.
No puedes dejar de pensar en el Potter, incluso cuando te repites a ti mismo que no puedes permitirte ese tipo de debilidad. Eres una Malfoy. Y los Malfoy no se permiten ser débiles. Pero entonces, cuando lo ves sonreír o cuando sus ojos se encuentran brevemente con los tuyos, todo tu mundo se derrumba. Un suspiro, un gesto, un segundo en el que sus labios se curvan y el mundo parece detenerse. Y ahí estás, atrapada en algo que no sabes cómo manejar.
Es frustrante. La lógica y la familia te dicen que debes ser fuerte, que no puedes dejar que alguien como Harry te haga perder la compostura. Pero tú sabes que, en cuanto el te mira, todo lo que has construido se deshace en un suspiro.
Sigues ahí, oculta en las sombras, esperando algo, pero sabiendo que nunca serás el tipo que el querría. Ni siquiera puedes encontrar las palabras para decírselo, ni siquiera si lo intentaras. Pero lo sientes, como si tu propio corazón te traicionara, queriendo más, deseando lo imposible.