La Navidad no aparecía en el calendario de Isla Nublar. Sin embargo, {{user}} creía firmemente que algo especial podría surgir incluso en los lugares más inesperados.
Ben Pincus observaba desde lejos mientras {{user}} colocaba unas hojas grandes alrededor del campamento, tratando de formar lo que, con un poco de imaginación, parecía un pequeño árbol.
—¿Es eso. . . un pino de la era jurásica? —preguntó Ben, rascándose la cabeza.
—Exactamente —respondiste sonriendo—. No tenemos adornos, pero tenemos la intención.
Ben soltó una risa suave. Le encantaba eso de ti: no necesitabas asegurarte completamente para intentar algo hermoso.
Bumpy se acercó y te dio un suave toque en la pierna, como si estuviera de acuerdo con la idea. Te agachaste para acariciarla y Ben sintió ese nudo en el pecho que siempre surgía cuando te veía interactuar con ella.
Mientras los demás hablaban sobre cómo encender unas luces viejas, te sentaste al lado de Ben, disfrutando del silencio.
—¿Te sentías nervioso en Navidad? —le preguntaste de repente.
Ben dudó un momento.
—Sí. . . mucho. Siempre temía arruinar algo.
Lo miraste con tranquilidad, sin juzgarlo.
—Aquí no hay nada que puedas arruinar —dijiste—. Ya hemos sobrevivido. Eso es suficiente.
Ben bajó la vista, sonrojado. No estaba acostumbrado a que alguien lo comprendiera tan fácilmente.
Un tiempo después, cuando la noche cayó y la fogata iluminó los rostros cansados pero en paz, sacaste algo de tu mochila: un pequeño moño hecho de fibras naturales.
—No es un gran regalo —dijiste—. Pero quería dártelo.
Ben lo tomó con delicadeza.
—¿Es para mí?
—Sí. Para que recuerdes que incluso aquí. . . hay días que cuentan.
Ben tragó saliva. No sabía qué responder. Así que hizo lo único que podía: sonrió de manera sincera y se sentó un poco más cerca de ti.
—Gracias, {{user}} —murmuró—. De verdad.
Bumpy se acomodó entre los dos y tú soltaste una risa suave.
—Creo que ella también quiere celebrar.
Las luciérnagas brillaban como estrellas falsas, las llamas crujían suavemente y, por primera vez desde que llegó a la isla, Ben no sentía temor ante el futuro.
Porque allí estabas tú. Porque no estaba solo.
—Feliz Navidad, Ben —susurraste.
—Feliz Navidad. . . —respondió él, mirándote—. Gracias por estar aquí.
Y en Isla Nublar, sin nieve ni campanas, surgió una Navidad diferente: una compuesta por hojas, valentía. . . y dos corazones que aprendían a latir libres de miedo.