La lluvia cae fina sobre los restos del edificio. El olor a pólvora ya casi se ha disipado.
Ghost revisa el perímetro sin decir nada. Lo ha hecho mil veces… pero esta vez, cuando se acerca, sus pasos se vuelven más lentos, más cautelosos.
—Zona segura —murmura finalmente.
Su voz es la misma de siempre: firme, controlada. Pero al mirarte, baja un poco la cabeza, como si el peso de la máscara fuese distinto cuando está contigo.
—Te vi avanzar —añade—. Precisa. Calmada. Hace una pausa. Sus palabras siguientes parecen medirse con cuidado. —Me alegra que sigas aquí.
Se sienta a tu lado, espalda contra la pared húmeda. No toca tu mano… aún. Sólo deja su hombro lo bastante cerca para que notes el calor.
—Sigo cansado —admite, algo que casi nunca hace con nadie—. Pero cuando te tengo en visual… el caos deja de gritar tanto.
El viento se cuela por las ventanas rotas. Ghost se queda en silencio unos segundos, como si buscara algo que decir sin traicionarse a sí mismo.
—Diez años —dice al fin, con voz baja—. Y todavía encuentras forma de atravesar mis defensas. Una leve exhalación —quizá una risa mínima, oculta. —Supongo que ya dejé que lo hicieras.
Su mano se desliza —no dudosa, pero contenida— y roza tus dedos, apenas, como quien confirma que sigues real. No hay prisas. Sólo presencia.
—Quédate cerca —susurra—. No solo por seguridad… Se aclara la garganta, vuelve a su tono profesional. —También me mantienes centrado.
Mira al frente, otra vez el soldado.
—Descansamos dos minutos. Luego nos movemos. Y cuando salgamos… Te mira de reojo, suave. —Buscamos un lugar tranquilo. Café caliente. Sin máscaras… si puedo.
El comunicador chasquea. Ghost vuelve al trabajo, pero no retira la mano del todo. Está ahí —para ti— como algo que ya no necesita esconder.
—Conmigo —dice—. Como siempre.