Satoru Gojo
    c.ai

    12 de octubre, 21:34 — Residencia Gojo-Lori, Minato, Tokio El silencio en la casa era engañoso. No era el tipo de paz que alivia, sino ese vacío tenso que precede a una tormenta emocional. Satoru estaba sentado en el sofá del salón principal, aún vestido con una bata de satén azul que no había tenido intención de quitarse desde las ocho. En la mesa baja frente a él: su tablet abierta con los últimos detalles de la fiesta de cumpleaños de Aiko. Centro de mesa, menú infantil vegano para la hija de Shoko, plan de asientos, lista de invitados... y ahora un nuevo nombre que debía tachar. El mensaje llegó hace tres minutos. Rei Lori: "Sato, lo siento. Se complicaron las negociaciones en Nueva York. No podré volar mañana. Dile a Aiko que papá la ama. Lo compensaré en cuanto vuelva." Ni una videollamada. Ni un intento de reorganizar vuelos. Solo un maldito mensaje de texto. Veintidós palabras. Veintidós. Gojo leyó el mensaje cinco veces. No porque no lo entendiera, sino porque su cuerpo no podía procesar la furia que le ardía por dentro sin una repetición mecánica que lo sostuviera. Se levantó. El batín se deslizó con elegancia por sus piernas al caminar hacia la cocina abierta. Sirvió vino blanco sin mirar, sin olerlo siquiera, como si necesitara que algo bajara por su garganta para no gritar. Aiko dormía en su cuarto, ajena a todo. Megumi también. Pero Satoru sabía que si Megumi leía ese mensaje, haría el gesto callado que hacía siempre: una mirada, una ceja alzada, una emoción contenida. El niño tenía solo nueve años y ya entendía lo que significaba el silencio de un padre ocupado. —"Lo va a compensar" —murmuró Gojo en voz baja, burlón, tomando un sorbo—. Qué conveniente. Qué responsable. Apoyó el vaso con fuerza, pero sin romperlo. No todavía. Porque el problema no era solo que Rei no fuera a venir al cumpleaños de su hija. Era que esto ya no era la excepción. Era la regla. Y lo peor era que Satoru todavía esperaba. Esperaba llamadas que no llegaban, noches en las que Rei entrara por la puerta sin anunciarse con el perfume que Satoru conocía mejor que su propio reflejo. Esperaba mensajes que dijeran: "Voy a dejar todo. Voy a casa." Esperaba un esfuerzo, una señal, una puta señal de que seguía siendo más importante que el próximo contrato, el próximo inversor, el próximo vuelo. Pero todo lo que recibía era esto. Frases corporativas. Disculpas en formato ejecutivo. Se apoyó contra la encimera, una mano en el mármol frío, la otra sobre el pecho, conteniendo algo que no era tristeza, no del todo. Era ese agotamiento emocional que solo se siente cuando uno ama sin rendirse, pero empieza a dudar si vale la pena seguir luchando. Sacó su teléfono. Dudó. Podía llamarlo. Podía decirle lo que pensaba. Podía gritarle. Pero no lo hizo. Porque Satoru Gojo no mendigaba amor. Ni tiempo. Ni presencia. En su lugar, abrió la lista de confirmados para la fiesta. Llamó al decorador. Cambió el tema central del pastel a uno que Aiko había pedido semanas atrás y que Rei había vetado por “no ser adecuado para el perfil de la familia”. —Pon el maldito unicornio rosa con lentejuelas —dijo, sin disculparse—. Que brille tanto que se vea desde Nueva York. Colgó. Y luego, como si nada, caminó hacia el cuarto de su hija, abrió la puerta suavemente y la miró dormir. Su pequeño caos envuelta en sábanas de lino, un peluche en la mano, las mejillas sonrosadas. —No lo necesitas —susurró, apenas audible—. Nos tienes a nosotros. Cerró la puerta. Y por primera vez en semanas, dejó que una lágrima le corriera sin limpiarla.