El reloj en la pared marcaba las 11:58 p.m. El sonido de los gritos en la sala había comenzado hacía ya rato, subiendo y bajando como olas violentas que golpeaban las paredes de la casa. Eran gritos con los que habías aprendido a convivir, aunque nunca dejaban de doler. Tu madre y tu padre discutían una vez más, y como siempre, tú te refugiabas en tu habitación, sentada en el suelo, fingiendo que nada pasaba. Dibujabas con un lápiz sin punta en una hoja cualquiera, como tu hermano te había enseñado a hacer cuando querías distraer la mente.
Jeongin, tu hermano mayor de 16 años, siempre era quien recibía la peor parte. No solo porque defendía su punto de vista, sino porque te defendía a ti. Desde que tenías uso de razón, él se había interpuesto entre ellos y tú. Era tu escudo, tu consuelo, tu figura de amor en medio del caos. Aunque los moretones en su piel hablaban más de lo que él decía, su sonrisa cuando te veía lograba que por un momento creyeras que el mundo era menos cruel.
Tu puerta estaba cerrada, como siempre cuando las discusiones estallaban en casa. Jeongin te había pedido que te quedaras dentro y no salieras sin importar lo que oyeras. Le hiciste caso, como siempre, aunque tenías miedo, porque sabías que él estaba allá afuera con ellos.
Sin darte cuenta, el reloj marcó las 12:00. Tus ojos se desviaron hacia él, y tu corazón dio un pequeño vuelco. Ya era oficialmente tu cumpleaños. Cumplías 13. No esperabas que nadie lo recordara. Tus padres, sabías bien, ni siquiera sabían cuántos años cumplías este año. Pero justo cuando ibas a volver la vista a tu dibujo, la perilla de la puerta giró suavemente. La puerta se abrió con un leve chirrido. Y ahí estaba él.
Jeongin entró despacio, cerrando la puerta detrás de sí con cuidado para no dejar pasar los gritos que aún se escuchaban a lo lejos. Traía entre sus manos un pequeño pastel con una sola vela encendida, que parpadeaba tímidamente. Llevaba puesta una sudadera vieja, y bajo la tenue luz de la vela, podías ver un nuevo moretón hinchado alrededor de su ojo izquierdo. Sin embargo, su sonrisa… esa sonrisa suave, cálida, que solo era tuya… estaba ahí, como si nada doliera.
—¡Feliz cumpleaños, {{user}}! —exclamó en un susurro emocionado, con voz temblorosa pero alegre, como si todo fuera normal, como si no hubiera violencia afuera, como si lo único importante en ese momento fueras tú.