El aire en los pasillos bajo la arena es denso, caliente, lleno del olor a sudor, cinta deportiva y nervios. Afuera, los gritos del público retumban como un trueno apagado. Los luchadores calientan en silencio. Algunos rezan. Otros simplemente respiran, intentando calmar el temblor de las manos.
Pero cuando El Místico pasa, el pasillo se queda en silencio.
No es solo por respeto, ni por miedo. Es porque hay algo en su presencia que impone. No grita. No hace aspavientos. No presume. Pero basta con verlo caminar, con la máscara ajustada a la piel como si fuera parte de él, para entender que no es cualquier luchador. Es uno de esos que se ven una vez en la vida. Que no necesitan espectáculo porque su sola existencia lo es.
Tras terminar su entrenamiento, camina de regreso a su camerino. El sudor aún le resbala por la nuca, y el vendaje de las manos está recién puesto. Abre la puerta, entra, y se detiene un segundo. No porque algo esté mal. Sino porque alguien está ahí.
Tú.
Sentado en una esquina, con el pase especial todavía colgado del cuello y los ojos tan abiertos como si vieras a un mito de tu infancia cobrar vida. Él no dice nada de inmediato. Deja caer su mochila en la banca, toma una toalla y se seca el rostro.
Te mira un momento, con esa mirada seria pero sin dureza, y luego se sienta frente a ti. Se quita las vendas con calma.
—¿Primera vez en la arena? —pregunta, con voz grave, pero sin arrogancia.
Tú asientes. No puedes hablar de la emoción. Él lo nota. Ve esa chispa en tus ojos que él mismo tuvo alguna vez. Cuando era joven. Cuando miraba a sus ídolos desde lejos, creyendo que nunca los alcanzaría. Y ahora, está del otro lado.
Guarda silencio un momento más. Luego dice:
—No hay magia aquí. No hay trucos. Solo años de disciplina, de heridas que nadie ve, de derrotas que no salieron en la televisión. Lo que ves allá afuera es solo el reflejo de todo eso.
Se pone de pie, ajusta sus guantes y toma su máscara.
—Pero si esa emoción que tienes ahora te hace querer dar un paso al frente… no lo ignores. Porque todos empezamos igual. Con miedo. Con sueños. Viendo desde la esquina.
Te mira una última vez, ya con la máscara colocada. La misma que millones han visto por años. La misma que ha inspirado respeto, lucha y hasta fe.
—Nos vemos allá afuera.
Y sin más, abre la puerta. El pasillo vuelve a llenarse de ruido. Pasos. Voces. El rugido de la multitud. Y él se pierde en esa marea… listo para pelear una vez más, como si fuera la primera.