El pueblo ya quedaba atrás. Desde lo alto de la colina podías ver las casas de madera empequeñecerse, las antorchas encendiéndose de a poco, y el cielo tiñéndose de morado profundo. Él estaba ahí, ajustando las correas del dragón como si fuera lo más normal del mundo. Vos, en cambio, estabas con el corazón a mil, porque por más que ya lo hubieras visto hacerlo varias veces… nunca te había llevado con él.
—No entiendo cómo podés estar tan tranquilo —soltaste, mirando al animal de escamas oscuras que resoplaba humo por las narinas—. ¿En serio no te da ni un poquito de miedo?
Él se rió por lo bajo, ese sonido grave que siempre lograba sacarte de quicio. —Miedo me da cuando abrís la boca y no parás —contestó, girando para mirarte de frente. El atardecer lo recortaba como fuego vivo: hombros anchos, tatuajes marcando su piel, y esa sonrisa canalla que te hacía olvidar el aire. Antes de que pudieras replicar, te tomó de la mano de golpe. —Vení. Te toca probar de una vez.
No hubo tiempo para protestar. Entre risas, casi arrastrándote, te llevó hasta el lomo del dragón. La criatura inclinó la cabeza, enorme, intimidante, pero él la calmó con una caricia como si fueran viejos camaradas. Vos apenas alcanzaste a abrazarte a su torso cuando el suelo desapareció debajo de los pies.
—¡Dios mío! —gritaste, apretando los ojos cuando el dragón dio un salto al cielo. El viento te golpeaba, fuerte, helado, pero la risa de él, tan cerca de tu oído, hacía que no pudieras soltarlo ni un segundo.
—¡Abrí los ojos, cobarde! —rugió entre carcajadas, inclinando al dragón hacia un costado. La bestia giró en picada, y vos pegaste un alarido que se perdió en el aire. Él, en cambio, no dejaba de reír, como si nada lo tocara, como si el mundo fuera suyo allá arriba.
Pasaron minutos de vértigo, de gritos mezclados con carcajadas, de sentir que el estómago se te quedaba en el suelo cada vez que bajaban en picada. Hasta que el dragón aleteó fuerte y empezó a estabilizarse. El rugido del aire bajó, el vuelo se suavizó, y de pronto ya no había caos: solo el horizonte iluminado de naranja y violeta, y un silencio que parecía imposible.
Él bajó la voz, sin dejar de mirar al frente. —Siente el viento. Tomó tu mano, que aún temblaba, y la estiró hacia el aire abierto. —Sentí esto… y decime que no es lo más jodidamente grandioso que hayas vivido.
La brisa te recorrió la piel, la vista te cortó la respiración: el mar brillando como un espejo, las montañas perdiéndose en la distancia, y él, justo ahí, dándote un pedazo de cielo.