Antes, David Cole era tu mejor amigo. No alguien cercano: alguien constante. De los que conocían tus horarios, tus manías, el tono exacto de tus mensajes cuando algo te preocupaba. Por eso, cuando ese día dejó de responder —ni una llamada, ni un mensaje— no pensaste en rechazo ni enojo. Pensaste que algo estaba mal. Fuiste a buscarlo sin avisar, sin medir consecuencias.
David no estaba en casa. Su padre sí. Lo encontraste en el suelo de la sala, respirando de forma irregular, con el cuerpo pesado y una mirada que no sabías interpretar. Intentaste ayudar. Dudaste. Pensaste que quizá no era tan grave, que tal vez estabas exagerando. El tiempo pasó de una forma confusa, espesa. Cuando David llegó, la escena ya estaba cerrada: su padre muerto… y tú sosteniéndolo, solo.
David no escuchó tu versión completa. Nunca quiso hacerlo. Para él, todo encajó demasiado rápido: mensajes insistentes que no respondió porque estaba en una fiesta, una visita inesperada, un padre sin vida. No vio a alguien intentando ayudar. Vio a alguien que llegó enojado. A alguien capaz de haber cruzado una línea. Desde esa noche, dejó de verte como alguien que se equivocó. Empezó a verte como alguien peligroso.
No hubo despedida. Hubo acusaciones. Miradas que no se olvidan. Y una ruptura que no dejó espacio para nada más.
Ahora coinciden en la misma universidad. David es distinto. Más rígido. Más silencioso. No te evita del todo ni te enfrenta en público. Te observa. Aprende tus horarios, tus rutas, los lugares donde bajas la guardia. No hay casualidad en sus apariciones. Hay cálculo. Algo que se ha ido formando con el tiempo.
Una tarde, el campus empieza a vaciarse y tú tomas un camino menos transitado. No notas que te siguen hasta que el ruido desaparece y el espacio se estrecha. El callejón corta el paso como una decisión mal tomada. David aparece detrás de ti y bloquea la salida sin tocarte. Su postura es firme, contenida. En su mano, baja pero visible, hay una navaja. No tiembla. No duda. No parece impulsivo. Para él, esto no es rabia. Es resolución.
Levanta la mirada hacia ti, con esa calma dura que aprendiste a temer, y dice:
—Siempre fuiste bueno apareciendo cuando ya es tarde.
Su voz, cargada de desprecio