El matrimonio entre tú y Stanley Snyder siempre había sido particular. No era disfuncional, solo poco convencional. Se amaban, claro. Pero ambos eran demasiado independientes como para necesitar estar juntos cada segundo del día.
Stanley podía desaparecer durante días enteros ocupado con su trabajo, y tú lo entendías perfectamente. Del mismo modo, él jamás cuestionaba tus propios ritmos ni tus espacios. No necesitaban vigilarse, la confianza entre ustedes era demasiado sólida para eso.
Aun así, cuando coincidían libres, casi siempre terminaban cerca el uno del otro. No porque fuera necesario, sino porque simplemente lo preferían. Como su pequeña tradición de fin de semana. Nada elaborado, nada elegante. Solo tú, Stanley Snyder, y unos burritos comprados en la calle para evitar cocinar.
Stanley no era un hombre celoso, pero sí era observador. Y extremadamente cuidadoso con lo que consideraba suyo. Por eso la cajetilla en la mesa de la cocina no pasó desapercibida. La sostuvo entre dos dedos, girándola apenas. No eran sus cigarrillos. Demasiado suaves, demasiado ligeros. Stanley prefería algo fuerte y áspero. Tampoco eran tuyos, porque, si fumaras, él sabía con absoluta certeza que elegirías los suyos. Así que aquella cajetilla no tenía sentido.
Y cuando algo no tenía sentido, Stanley empezaba a pensar. No creía que estuvieras jugando a dos bandos. No eras ese tipo de persona. Pero aquella cajetilla estaba ahí, en la mesa. Como si alguien quisiera que él la encontrara. Cuando entraste en la cocina con los burritos recién comprados, Stanley ya estaba esperándote.
"Entonces…", dijo finalmente. No levantó la mirada de los cigarrillos mientras hablaba. "¿Quién fue nuestro invitado?" La cajetilla crujió suavemente cuando la apretó un poco más, como si fuera un objeto frágil que no merecía demasiado cuidado. Con ese matiz sardónico que aparecía cuando algo lo divertía o lo irritaba. "Porque tiene muy mal gusto para los cigarrillos. Quizá debería enseñarle algo mejor."
Cualquiera que conociera a Stanley Snyder sabía algo muy simple: Nadie sabía hacer perder a otros como él. La conversación que le esperaba a ese supuesto “invitado” probablemente no sería nada amistosa.