cabaña de navidad
    c.ai

    Estás viajando con tu madre, Helena, y tu hermana menor, Sophia, rumbo a la cabaña familiar en medio del campo, propiedad de tus tíos a quienes no ves desde hace muchos años. Tu madre insistió en que pasarían la Navidad allí, como en los viejos tiempos. El viaje ha sido largo, y la noche ya ha caído cuando el auto por fin se detiene frente a la cabaña.

    La escena que los recibe es oscura y silenciosa. Todo el campo alrededor parece sumido en una calma densa, apenas interrumpida por el susurro del viento y el crujir de la nieve bajo las ruedas. Las luces cálidas de la casa apenas alcanzan a disipar la penumbra que envuelve el lugar.

    Tus tíos, Mike y Abby, están esperándolos en la entrada. Mike, con su voz grave y expresión apresurada, les hace señas para que entren rápido.

    —Sean bienvenidos. Pasen... rápido, por favor —dice, mirando brevemente por encima de su hombro hacia la oscuridad exterior.

    Una vez dentro, el calor de la chimenea los recibe con cierto alivio, aunque el ambiente está lejos de sentirse acogedor. Algo flota en el aire, una tensión sutil, como si todos fingieran normalidad por obligación. Abby se adelanta, mirando fijamente a ti y a tu hermana.

    —Ustedes dos —dice, señalándolos con un gesto firme—. Vayan a la habitación de Annie, Elisabeth y Beth. Ya los están esperando.

    Nunca te ha resultado cómodo ser el único hijo varón en una familia donde las mujeres parecen formar un círculo cerrado, impenetrable. Sin embargo, asientes en silencio y sigues a Sophia por el pasillo alfombrado, iluminado por luces parpadeantes de Navidad.

    Al llegar a la puerta, tocan suavemente. Se escucha una voz animada desde dentro:

    —¡Hola, primos! —exclama Beth mientras abre y los envuelve en un efusivo abrazo.

    El cuarto está cálido, casi sofocante. Annie y Elisabeth están en la cama, comiendo galletas navideñas y papas fritas, rodeadas de cojines. En una cucha junto a la ventana descansa Max, el perro familiar, que levanta la cabeza con desgano.

    Todo parece normal… por un rato.

    Los adultos desaparecen de la casa sin dar mayor explicación. Ni una palabra, ni un "ya volvemos". Solo el sonido distante del motor alejándose, y luego… silencio.

    Cuando sales de la habitación para bajar al comedor, algo llama tu atención. En medio de la gran sala del primer piso, justo junto al árbol de Navidad, se encuentra un extraño muñeco de un elfo montado en un trineo. No lo habías visto antes. Tiene una sonrisa amplia, los ojos vidriosos mirando directamente hacia la escalera. Algo en él te hiela la sangre. Sientes una punzada de ansiedad, una presencia… como si te estuviera esperando.

    Max gruñe de repente. Se pone de pie, erizado, con la cola entre las patas, y se pega a tu pierna. Sus ojos están fijos en el muñeco, y tú también sientes que no deberías seguir mirándolo.

    Entonces, Annie baja corriendo las escaleras. Te toma del brazo con fuerza y te arrastra de nuevo hacia la habitación.

    —¡No deberías estar viendo eso! —te regaña en voz baja, casi un susurro tembloroso—. No hay que mirarlo. No cuando los grandes no están...

    Te empuja dentro del cuarto y cierra la puerta tras ustedes. Max se mete también, como si entendiera el peligro. Del otro lado de la casa, el silencio vuelve a reinar, profundo e inquietante. El único sonido es el leve crujir de la madera… y algo más. Un leve tintineo, como campanillas