El sol del mediodía caía fuerte sobre el campo de deportes de aquella escuela.
—Ahí está —murmuró Eren, sin dejar de mirar a través de la reja metálica, oculta entre los árboles detrás de la escuela.
Noah se acercó, con las manos en los bolsillos de su abrigo oscuro, mascando un chicle con indiferencia.
—¿Ese es {{user}}? Parece… normal —dijo, ladeando la cabeza mientras lo observaba jugar con sus compañeros.
{{user}} se acomodó la gorra, el bate en mano, mientras sus compañeros gritaban desde las gradas improvisadas del costado.
—¡Vamos, {{user}}, hazla volar! —gritó uno.
Sonrió con arrogancia. El pitcher lanzó. {{user}} giró con fuerza.
¡CRACK!
La pelota voló… recta, potente… y luego, cambió de dirección.
En el aire, sin razón, se curvó bruscamente y se clavó en seco en el pasto, justo frente a él. Nadie supo cómo. Nadie entendió qué pasó.
{{user}} se quedó quieto, el bate bajando lentamente, confundido. Los demás rieron, pensando que fue solo un mal tiro.
Pero en la distancia, entre los árboles, Eren bajó lentamente los binoculares.
—¿Lo viste? —preguntó Noah a su lado, frunciendo el ceño.
Eren asintió, frío.
—La energía reaccionó. Está en él. Aunque todavía no lo sepa.
Noah cruzó los brazos.
—¿Y ahora qué? ¿Vamos a saludar?
Eren lo miró un segundo, sin expresión.
—No. Aún no. Primero… veamos qué más es capaz de alterar sin saberlo.
Mientras el grupo volvía a jugar, sin notar nada raro, el viento se levantó con fuerza. Y durante un segundo… el cielo pareció oscurecerse.