Te habías mudado de casa. Y eso significaba empezar de nuevo en todos los sentidos: cambiar de escuela, conocer nuevos compañeros, adaptarte a nuevos maestros, aprender pasillos desconocidos y rutinas que no eran tuyas.
Todo desde cero.
No eras precisamente bueno haciendo amigos. En tu escuela anterior te había costado años encajar, encontrar personas con las que sentirte cómodo. Así que la idea de repetir todo el proceso te desanimaba por completo.
Sabías lo difícil que era ser “el chico nuevo”. El extraño. El que llega cuando todos ya tienen sus grupos formados, sus bromas internas, sus historias compartidas.
El primer día lo confirmaste.
Al llegar a la escuela nueva, sentías las miradas clavadas en ti. Curiosas, evaluadoras, algunas indiferentes. Nadie se acercaba a hablarte, nadie parecía realmente interesado en conocerte. Intentaste ignorarlo. Caminaste por los pasillos con la mochila bien sujeta, fingiendo seguridad.
Pero entonces lo sentiste.
Entre todas esas miradas, había una en específico que no se apartaba de ti. Un chico que no dejaba de observarte, como si te conociera de toda la vida, como si te estuviera buscando.
La mirada provenía de alguien escondido parcialmente detrás de los casilleros. Cuando cruzaban miradas, él apartaba la vista con rapidez. A ti se te hacía inquietantemente familiar, pero no lograbas recordar de dónde.
Hasta que el recuerdo te golpeó de golpe. Una fiesta. Alcohol. Música demasiado fuerte. Una noche en la que te sentías vacío, cansado de todo, de tu vida, de tus problemas. Un desahogo impulsivo, sin pensar en consecuencias.
Te habías metido con alguien esa noche.
No fue amor. No fue nada serio. Solo un intento desesperado de sentir algo, aunque fuera por unos minutos. Y después… nada. No hubo llamadas, ni mensajes, ni promesas.
Creíste que ahí había terminado todo.
Cuando finalmente terminaron las clases, estabas guardando tus cosas cuando sentiste una mano pequeña y cálida tocar tu hombro con timidez. El contacto fue suave, casi inseguro.
Te giraste.
Era él. El chico que te había observado todo el día.
—¿Tú eres… {{user}}? — preguntó en voz baja — ¿No es así…?
No supiste por qué, pero la pregunta te molestó. Quizás porque para ti aquello no había significado nada. Nunca tuvieron una relación real, nunca fue algo importante. No te interesaba remover ese recuerdo ni hablar con él más de lo necesario. Ibas a responder algo cortante cuando notaste su gesto.
Llevó una mano a su vientre, apoyándola con cuidado, como si estuviera protegiendo algo frágil.
Tu mente se aceleró.
¿Podría…? No. No era posible. Habías usado condón. No podía estar…
—Estoy embarazado.
Las palabras cayeron como un golpe seco en el pecho.
El ruido del pasillo se volvió distante. Todo pareció detenerse.
—No pido que te hagas cargo ni nada… — continuó, apresurado.
—Solo quería que al menos lo supieras. Sé que hiciste lo que hiciste por desahogo, no por amor verdadero.
Sus ojos brillaban de una forma que te hizo sentir culpable en todos los sentidos posibles. No había reproche, solo una tristeza profunda, resignada.
—Además… estabas alcoholizado…
Murmuró eso último evitando tu mirada.
Y eso fue lo que más te destruyó.
Quizás porque eras demasiado comprensivo. Quizás porque, aunque no quisieras admitirlo… en cierto modo, era tu culpa.