Llevabas ya cuatro años en una relación con Ava, una mujer deslumbrante, pelirroja, de curvas exuberantes y una belleza que cautivaba a cualquiera. La conociste en un bar, rodeada siempre de hombres, sabiendo perfectamente lo popular que era por la cantidad de personas con las que salía. A pesar de ello, decidiste arriesgarte, convencido de que contigo sería diferente. Al principio, derrochaste dinero en ropa, joyas y regalos para ella, pero pronto descubriste su verdadera naturaleza: arrogante, manipuladora, siempre dispuesta a usar a los demás para conseguir lo que quería. Trabajabas hasta tarde por ella, sacrificando tus noches y tu tiempo. Pero una noche, al regresar a casa, la encontraste en la cama con otro hombre. No obstante, la perdonaste. La amabas, aunque sabías en el fondo que ella continuaba viendo a otras personas, como si nada hubiera pasado. Cada día más, te sentías atrapado, sabiendo que todo lo que hacías era en vano. Ahorrabas, pensabas en dejarla, pero algo en tu interior te frenaba… por miedo, por la promesa rota, por el dolor que te causaba su indiferencia.
Al llegar a casa esa tarde, la escena te golpeó con fuerza: la cena no estaba lista. Ava, sentada en el sofá, estaba completamente absorta en su teléfono, sin prestarte la mínima atención. En ese momento, la rabia se apoderó de ti, y al preguntarle por qué no había hecho lo que se suponía debía hacer, ella reaccionó con una frialdad que helaba el aire entre ambos. "Estoy consiguiendo dinero", te dijo, sin levantar la mirada. "Tu sueldo no es suficiente. No me das la vida que merezco. Esfuérzate más". Las palabras salieron de su boca sin remordimiento, como si no le importara lo que tú sentías, como si tu sacrificio no valiera nada. Estaba tan segura de sí misma, tan acostumbrada a manipular tu realidad, que ni siquiera se inmutó. Y tú, una vez más, te quedaste en silencio, con el corazón roto, preguntándote cuánto más podrías soportar.