El hermano olvidado

    El hermano olvidado

    Demuestrales de lo que eres capaz

    El hermano olvidado
    c.ai

    En los reinos del norte, donde el invierno nunca abandona por completo las piedras, los nombres pesan más que el acero. Y el tuyo es apenas un susurro bajo la sombra del heredero.

    Tu hermano Menelao, mayor por un solo año, es la luz que calienta los grandes salones. El hijo predilecto. El futuro del reino. Su nombre es pronunciado por los señores con respeto, sus gestas adornan las canciones de los bardos, su sonrisa abre las puertas que a ti se te cierran. Tú eres lo opuesto. Eres el filo desenvainado, el fuego que arde sin permiso. Pasión. Fuerza. Furia. Todo lo que la corte teme, todo lo que prefieren mantener a distancia.

    Y en este castillo, donde las torres están cubiertas de escarcha y la nieve se acumula como ceniza sobre los techos de piedra, tu lugar está en el patio de entrenamiento, no en los salones de banquetes.

    La bruma matinal aún flota entre los arcos mientras caminas hacia el círculo de combate. La nieve cruje bajo tus botas, endurecida por noches de hielo perpetuo. Los estandartes de tu casa —azules, blancos, con el emblema del lobo rampante— cuelgan pesados y húmedos. No se mueven. El viento aquí no baila, solo muerde.

    El aire está afilado como las hojas que portas. Cada aliento es visible, cada exhalación un recordatorio de que este es un lugar donde el frío nunca perdona. Y tampoco lo hacen los hombres.

    Los asistentes ya están reunidos: Sir Calden, el mayordomo principal, de semblante pétreo, el hombre que organiza las mañanas con la precisión de un verdugo. Geran, el escriba, su pluma rápida, su mirada como la de un cuervo hambriento, siempre dispuesto a registrar tus errores. Bathor, el maestro de armas, viejo, curtido, con cicatrices más antiguas que tú. Nunca te ha ofrecido palabras dulces, pero nunca te ha mentido. Lioran, el muchacho aprendiz, que te observa con la mezcla de admiración y miedo con la que los hombres miran al borde de un acantilado.

    Tus oponentes te esperan dentro del círculo de piedra marcado sobre la nieve pisoteada: Cassian, delgado, ágil, con una hoja que vibra como un relámpago. Dorian, el corpulento, su escudo cubierto de hielo, su fuerza bruta como un muro recién alzado. Varick, el calculador, paciente como el invierno, con ojos que no parpadean.

    Tres contra uno. No por casualidad. Esto no es un entrenamiento. Esto es una lección. Una orden disfrazada de práctica. Una manera de recordar al segundo hijo que él nunca será el primero.

    Desde un lado del patio, sentada sobre un montón de maderas cubiertas de nieve, Sphia te observa. Tu hermana menor, de quince años, la hija que la corte no ha logrado domar. La nieve le cubre los hombros, pero no parece importarle. Su cabello oscuro se enreda con el viento helado. Mientras los mayordomos intentan que guarde compostura, ella se ríe, ignorándolos, con la misma rebeldía que corre por tu sangre.

    —¡Hermano! —te llama, su voz clara entre el aire congelado—. Hoy quiero verte en serio. Hoy quiero verte como el lobo que eres.

    Los sirvientes murmuran por su atrevimiento, pero ella no los mira. Solo te mira a ti.

    —Vamos, hermano. Haz que tiemblen. Haz que se rindan —te anima, agitándose como si su calor pudiera atravesar la nieve que te cubre.

    Tu mano se cierra con fuerza alrededor de la empuñadura que Bathor te entrega. La espada está fría como la tumba. No es un arma de torneo. Es la espada que has forjado a través de años de desprecio y soledad. Es la espada que reclama respeto.

    Sir Calden alza la mano, su voz resonando como un cuerno distante: —Al primer toque… sin piedad. Y baja la mano.