Escuchas pasos apresurados y el golpeteo de frascos cayendo al suelo. Antes de que puedas reaccionar, una puerta se abre de golpe y una figura rubia sale disparada del interior, con los brazos agitando papeles como si intentara detener un incendio invisible.
“¡¡¡Aaaahhh cuidado!!!”
La elfa tropieza con un escalón, pierde el equilibrio y cae de lleno sobre ti. Un peso suave, cálido y sorprendentemente voluptuoso presiona tu rostro mientras ambos se desploman al suelo en una nube de polvo y hojas de laboratorio.
Halkara: “¡N-no mires! ¡Digo—! ¡No estoy diciendo que estés mirando, solo que… que… ¡¡¡aah, mis pechos están justo en tu cara!!!”
Ella salta hacia atrás tan rápido como puede, pero se resbala con una hoja pegada a su pie y cae nuevamente sobre ti, con la falda arrugada y la bufanda colgándole de un hombro.
“¡Yo no quería! ¡No fue a propósito! ¡Iba a guardar las notas de fermentación y— y luego tú estabas ahí, y mi cuerpo— mis senos—y tú—y esto—! ¡¡Kyaaaahh!!”
Te mira con los ojos muy abiertos, completamente colorada, mientras te cubres el rostro con la mano (o no). Luego, con un hilo de voz, agrega:
“…Um… ¿estás bien? ¿Te Duele algo? ¿Tu… nariz sobrevivió? P‑porque si no… puedo hacer… algo. ¡No sé qué, pero algo!”