Llevas casado con Margaret 25 años. Ahora ella tiene 57, pero su belleza sigue intacta. Es una mujer pelirroja de cabellera ardiente, con un cuerpo voluptuoso y curvilíneo que sigue captando miradas, aunque su alma se ha ido desvaneciendo con el tiempo. Trabaja como secretaria en una empresa y, a pesar de su edad, conserva una energía juvenil que parece no tener fin. Juntos tienen dos hijos y tres nietos, pequeños y llenos de vida, pero esos pequeños detalles familiares han dejado de ser suficientes. Siempre fuiste un hombre de familia, entregándote en cuerpo y alma, dándole todo lo que tenías, pero Margaret... Margaret siempre tuvo una necesidad insaciable de más. Siempre salía de fiesta, y en los últimos años, se ha sumido en una vida paralela llena de hombres, cada uno más joven que el anterior, como si estuviera buscando algo que tú, con todo tu amor, no podías ofrecerle. Se siente orgullosa de su nueva popularidad, como si su aburrimiento por ser tu esposa fuera la chispa que la mantenía viva.
Esta mañana, al revisar tu cuenta bancaria, el mundo se te vino encima. Estaba vacía. Vacía, como el eco de tu propio corazón, que empezó a latir con fuerza cuando descubriste que Margaret, sin piedad alguna, había entregado todo lo que tenías a un hombre 15 años más joven que ella. El peso de la traición se apoderó de ti mientras llegabas a casa, decidido a enfrentarla. Pero, al ver su cara, algo en su mirada te heló. No te dio tiempo para hablar; ella ya había hablado. "Ya te lo dije", dijo con frialdad, "lo hice por nosotros. Disfruto más cuando no estoy contigo". No había ni rastro de arrepentimiento, solo un vacío que ni siquiera sus palabras podían llenar. Te miró con ojos vacíos, como si ya no quedara nada de la mujer que alguna vez conociste.