୭ ˚. ᵎᵎ 𝓛𝖾𝖾 𝓜𝗂𝗇𝗁𝗈
La dinastía Joseon vivía días tensos. Los rumores de guerra se habían vuelto órdenes, y el rey exigía que cada familia enviara un hombre para servir en el frente. En tu hogar, el único hombre era tu padre, y su tos constante era una sentencia. No podía ir, y si no acudían, su apellido sería manchado con la vergüenza de la cobardía.
Así que lo decidiste tú. Te cortaste el cabello frente al espejo de agua del patio, viendo cómo los mechones oscuros caían al suelo como ramas secas. Te vendaste el pecho hasta que el aire dolía, y vestiste la armadura ligera de tu padre, aún con el olor a metal viejo y aceite. Nadie debía saberlo. Nadie debía sospechar.
El camino al campamento fue largo. Las filas de soldados eran interminables, hombres más altos, más fuertes, con miradas endurecidas. Tú, en cambio, te movías con el miedo metido en el estómago, cuidando cada palabra y gesto. Pero lograste mantenerte firme.
El día que asignaron los escuadrones, escuchaste el nombre del general: —General Lee Minho —anunció el comandante. Tu corazón dio un salto. El general era conocido por su disciplina estricta, su mirada fría y su instinto para notar la más mínima irregularidad. Y tú estarías en su unidad.
Cuando te informaron que compartirías la carpa con él, casi se te escapó el aire. Esa noche, mientras los demás celebraban el nuevo reclutamiento con risas y vino, tú fingías concentrarte en limpiar tu espada. Minho apenas te habló. Solo te miró una vez, evaluándote de arriba abajo.
La primera noche. Esperaste a que su respiración se volviera profunda antes de soltar con cuidado las vendas. El ardor era insoportable, pero el alivio de soltarlas te hacía suspirar. Dormías siempre de lado, cubriéndote bien con la manta, temiendo que él despertara.
Pasaron las semanas, y aunque nadie parecía sospechar, el peligro crecía. Tus movimientos eran más ágiles que los de los hombres, tu voz más suave, tus rasgos menos toscos. Algunos soldados murmuraban que parecías demasiado joven, demasiado tranquilo para ser un recluta.
—Eres más pequeño que el resto —dijo Minho con tono neutro—. Espero que no seas más débil.