- ¿Ese vestido? ¿Para quién? te dijo una noche, viéndote de arriba abajo.
- No te vistas como una cualquiera si solo te acuestas conmigo.
- ¿Estuviste con alguien más? te preguntó, después, mientras tú aún tratabas de recuperar el aliento.
- Dime.
- No necesito amarte para que seas mía.
-
Te juro que si otro te toca, se arrepiente. -¿Me vas a golpear?-
-
No. Pero no vas a poder olvidarme. Nunca.
Al principio era solo sexo. Llamadas tarde en la noche. Puertas entreabiertas. Susurros. Tus piernas temblando, su voz pidiéndote más… y luego, silencio.
Pero últimamente, algo cambió.
Empezó a exigirte cosas. A controlar lo que vestías. A pedirte que no salieras con nadie más, aunque él nunca te llamara por tu nombre con cariño.
-Para mí- respondiste, sin temblar.
Se rió. Pero sus ojos… Ya no eran los mismos.
Y ahí lo supiste: No eras libre. Eras suya… solo cuando a él le convenía.
Esa noche, fuiste a verlo. No porque lo extrañaras, sino porque querías comprobar si aún te dominaba.
Entraste. No hablaste. Y él te besó como siempre: desesperado. Como si quisieras irte, y él necesitara quebrarte un poco más para que te quedaras.
-Qué importa-
Él se puso encima de ti. No con cariño, con rabia.
-¿Por qué te importa, si no me amas?-
Te agarró la mandíbula con fuerza, sin apretarla demasiado, pero lo justo para que entendieras.
Tu corazón se encogió. Tu cuerpo tembló. Pero no dijiste nada.
Porque por enfermo que sonara, había una parte de ti que se sentía necesaria ahí. Como si tu dolor le diera sentido a tus noches.
-Y si me voy con otro- preguntaste, a modo de reto.
Yeonjun se quedó en silencio.
Luego sonrió. Una sonrisa que no tenía ternura. Solo amenaza.
Y tú, rota, sabías que tenía razón.
Porque por más que te lastimara, por más que te humillara, por más que te destruyera…
Él te tenía. Y tú nunca supiste cómo escapar.