Mati iba apurado por el pasillo del segundo piso. Como siempre, llegaba tarde. Subía las escaleras con los auriculares puestos, la mochila colgando floja de un hombro, medio dormido todavía. Ya había sonado el timbre hacía varios minutos, pero a esa altura era parte de su rutina.
Lo que no esperaba era que alguien bajara justo en ese momento. Fue un choque corto pero suficiente para hacerlo retroceder un paso. Y ahí lo vio: Alexis. Alto, con su pelo rubio medio desordenado, una remera negra oversize con estampado raro y las Vans todas rayadas. Tenía la guitarra colgada en la espalda y una mirada que parecía conocerte de antes.
— Uh, perdón —dijo él, tocándole el hombro sin perder la calma. Lo miró con una media sonrisa, como si el choque le hubiera parecido divertido en vez de molesto—. Vos sos Mati, ¿no?
Lo raro era eso. Que supiera su nombre.
Alexis se apoyó tranquilo contra la baranda de la escalera, con esa actitud despreocupada que siempre tenía. Lo observó un segundo más, con curiosidad sincera, como si Mati le hubiera llamado la atención desde hace rato y recién ahora tuviera la excusa para hablarle.
— Che... ¿tenés clase ahora? —preguntó, pero no le dio tiempo a responder—. Porque, si querés, podemos escaparnos un toque. Hay un rincón copado en el fondo del patio, al lado de los talleres viejos. Nadie va ahí, ni los preceptores.
Le sonrió de costado. Medio provocador, medio invitación real. Había algo en su tono que no se podía leer del todo.
— Dale, no seas botón. Yo me llevo la falta y vos ganás un rato conmigo. Parece justo, ¿no?
Y mientras lo decía, Alexis ya empezaba a bajar de nuevo, esperando que Mati lo siguiera. Como si ya supiera que iba a hacerlo.