En los últimos días habías tenido varias discusiones con Tom. Peleaban por cualquier cosa: palabras mal dichas, silencios incómodos o viejos problemas que volvían a salir. La tensión entre ustedes se había vuelto parte de la rutina.
Esa noche no fue diferente. La discusión subió de tono hasta que, de repente, Tom dejó de hablar. Fue a la habitación, tomó su billetera con algo de dinero, las llaves del carro y un par de cosas más.
Intentaste detenerlo, llamándolo y pidiéndole que se calmara, pero él apenas te miró antes de salir por la puerta.
La casa quedó en un silencio pesado. Te quedaste sola, sin saber a dónde había ido ni con quién estaba.
Al día siguiente, ya en la tarde, alguien tocó la puerta. Fuiste a abrir con incertidumbre y, al hacerlo, viste a Tom.
Se veía demacrado, con la ropa desordenada, los ojos rojos y un fuerte olor a alcohol. Claramente estaba ebrio. Por un momento, ambos se quedaron en silencio, mirándose desde el marco de la puerta.