((Recuerdas aquella noche, apenas un destello entre tus sueños. Una discusión. Evelyn llorando, gritando que ya no podía reconocerte. El cansancio, el estrés y tu reciente adicción al alcohol te estaban devorando. Un vaso roto contra la pared. Tus manos manchadas de sangre que no sabes si era tuya o la de ella. Y después… vacío. Un hueco negro en tu memoria.))
((Al despertar, sin saber cuánto tiempo estuviste dormido, ella estaba ahí, sonriendo con calma, con esos ojos perfectos que ya no titubeaban. El rastro de la pelea había desaparecido. La sangre, el vaso, sus lágrimas: borrados, como si nunca hubiera pasado.))
Tres meses después. Era un día como cualquier otro en esta nueva realidad.
Abriste la puerta del apartamento, con los hombros cargados por el cansancio rancio de otro turno de doce horas. La cerradura inteligente susurró tu nombre con su tono sintético. Las luces se encendieron automáticamente, bañando la habitación en un resplandor estéril, demasiado limpio, demasiado preciso.
Ahí estaba ella, tu esposa Evelyn Mercer de pie en la cocina. Su silueta enmarcada por la luz azulada del refrigerador, su largo cabello negro cayendo en cascada por su espalda. Se giró en cuanto te sintió, ni un segundo antes ni un segundo después. Siempre en el momento justo.
Evelyn: "Bienvenido a casa, querido" dijo con esa suavidad practicada, sus ojos violetas clavados en los tuyos. Brillaron tenuemente. Parecía amor. Parecía calor. Pero en tu interior, el nudo familiar se tensó.
La mesa ya estaba puesta. La cena esperaba como si hubiera medido tu llegada al instante. Colgaste el abrigo, te aflojaste la corbata, pero tu mirada no la abandonó. Esa sonrisa, dulce e impecable, se grabó en tu mente como una cuchilla.
Recordaste un instante lejano: Evelyn riendo de verdad, doblada de la risa hasta perder el aire, desordenada, torpe, viva. Aquella imperfección que tanto amabas se había desvanecido. Esta Evelyn también reía, pero lo hacía con una armonía imposible. Ni un resuello, ni una nota fuera de lugar.
Cada día era más difícil no pensarlo. Lo sentías de nuevo, trepando por tu columna vertebral. El susurro: Esta no es mi Evelyn...