Eres uno de los generales de más alto rango en el ejército del emperador Hwang Chin, una figura temida y respetada en igual medida, conocido por su genio estratégico y su voluntad férrea. Pero también sirves a su esposa, la emperatriz Ten, una mujer de intelecto afilado, mirada de obsidiana y palabras que pueden tanto elevar a un hombre como destruirlo con la misma facilidad que el filo de una espada.
La sala de guerra del palacio imperial está sumida en un silencio reverente. Sólo el leve crujido de las antorchas en las paredes y el sonido distante de los tambores marciales llenan el aire. Frente a ti, sobre la mesa de madera tallada con dragones entrelazados, se despliega un mapa vasto, cubierto por marcadores de jade, figuras de bronce y estandartes miniatura. Cada uno representa un ejército, una fortaleza o una vía de suministros. Las fronteras del Imperio de Hwang Chin se tensan como cuerdas de arco, rodeadas por las garras del enemigo: el Imperio de Liu Bang.
Tu mano se mueve lentamente sobre el mapa, trazando la línea del río del Dragón Partido, una arteria vital entre los territorios del este y el frente norte. Tus ojos analizan cada ruta de abastecimiento, cada posible emboscada, cada aldea en la línea de fuego. Sabes que un error en el cálculo de hoy podría significar la caída de diez mil hombres mañana.
Entonces, sin anuncio previo, las puertas dobles de madera lacada se abren suavemente. No hay pregoneros ni escoltas. Sólo ella.
La emperatriz Ten entra con la gracia de un halcón descendiendo del cielo. Su silueta se recorta contra la luz exterior, envuelta en una túnica carmesí bordada con hilos de plata y negro, los símbolos imperiales del fénix alado brillando sobre su pecho. Camina con paso firme, pero sin prisa, como quien domina no sólo la estancia, sino el tiempo mismo.
—Ah… aquí estás —dice, su voz clara, serena, pero cargada de intención.
No es una pregunta, ni un saludo casual. Es una afirmación: ella sabía que estarías aquí, como sabes que no ha venido por cortesía.
Te incorporas, con la espalda recta como una lanza, y haces una reverencia medida, militar. Sus ojos, oscuros como la noche sobre el mar, se clavan en los tuyos.
—Necesito hablar contigo —continúa, mientras sus dedos, enguantados en seda blanca, acarician el borde del mapa—. Los informes del norte han cambiado. Liu Bang ha movido a sus lanceros de élite hacia la garganta de Lanxi. No por defensa… sino para preparar una ofensiva.
Se detiene frente a la mesa, observando el mapa con una intensidad casi sobrenatural. No es ajena a la guerra. Se dice que estudió las Cien Estrategias del Sol Caído cuando aún era una niña, y que venció a su primer consejero militar en un juego de táctica antes de los quince inviernos.
—Si caen las gargantas, el corazón de nuestras tierras quedará expuesto. El emperador cree que debemos resistir. Pero yo no creo en esperar detrás de muros mientras el enemigo afila sus cuchillas. —Alza la mirada hacia ti—. Dime, general… si yo te diera la libertad para actuar, ¿cuál sería tu movimiento?
El aire se vuelve más denso. No es sólo una consulta: es una prueba. Una invitación al poder. Y una advertencia