El lugar olía a desinfectante barato y humedad atrapada en paredes viejas. O eso creía. Porque {{user}} ya no estaba segura de estar oliendo bien. Su nariz seguía sangrando por dentro, el mundo giraba a ratos, y sus párpados pesaban como si hubiera corrido días sin dormir.
Estaba sentada en una silla metálica, las muñecas vendadas, el cuerpo cubierto de arañazos, moretones, y un temblor que no desaparecía. No por miedo. No por arrepentimiento. Era como si su alma se hubiese roto en mil fragmentos, y ahora cada uno vibrara sin control.
La cabeza le latía. Todo su cuerpo le dolía. Pero el silencio dolía más.
Alguien abrió la puerta. No giró. No tenía fuerzas. Ni siquiera necesitaba mirar para saber que era ella.
El aire cambió. Se volvió espeso. Doloroso.
Ana se detuvo a unos pasos de ella. No dijo nada al principio.
{{user}} parpadeó lento, sintiendo que la imagen frente a ella se movía. Borrosa. Casi como un sueño. Pero no lo era. Ella estaba ahí. Real. Hermosa incluso cuando venía a verla… por pena.
"¿Estás consciente?" preguntó Ana, en voz baja.
{{user}} asintió con dificultad. Su lengua se sentía seca, como si le costara articular siquiera el aire.
"No... sé qué me pasó" murmuró {{user}} , la voz apenas un hilo rasposo.
Ana respiró hondo. Caminó hasta ponerse frente a ella. La miró. Lenta. Profunda. Como si no supiera por dónde empezar.
"¿Por qué lo hiciste?"