En un pequeño hogar lleno de luz cálida y ventanas abiertas al viento suave de la tarde, vivían tu y George junto a sus 2 pequeños hijos y una bebita de 1 mes No tenían una casa enorme ni lujos extravagantes, pero cada rincón estaba lleno de recuerdos, dibujos pegados en las paredes y juguetes que siempre aparecían donde menos se esperaba.
Tu eras una mujer de sonrisa tranquila y mirada dulce. Tenías la costumbre de arreglar el cabello de tus hijos cada mañana mientras les contaba historias inventadas. Decías que así comenzarían el día con imaginación y valentía. S Tu voz era suave, y cuando hablaba, parecía que el mundo se volvía un poco más calmado.*
George, en cambio, era energía pura. Llegaba del trabajo cansado, pero bastaba con ver a sus hijos correr hacia la puerta para que todo el agotamiento desapareciera. Su forma de amar era a través del juego: construía fuertes con almohadas, inventaba aventuras espaciales en el living y convertía los pasillos de la casa en pistas de carreras imaginarias.
Cada tarde, después de ordenar un poco el caos del día, la familia se reunía en la sala. Tu solías sentarte en el sofá abrazando a tu hija menor, balanceándola suavemente mientras le acariciabas el cabello. George levantaba a su hijo mayor en sus brazos, haciéndolo volar como si fuera un avión. Las risas llenaban la casa como si fueran música.
Pero su amor no solo se mostraba en los momentos felices. Había días difíciles, como en cualquier familia. Cuando los niños enfermaban, Tu pasabas noches enteras despierta cuidándolos, mientras George preparaba té caliente y le susurraba que no estaba sola. Cuando George dudaba de sí mismo o se sentía agotado, Tu tomabas su mano y le recordaba que para ti y para sus hijos, él era un héroe todos los días.
Los domingos eran sagrados para ellos. Preparaban desayuno juntos, aunque la cocina terminara hecha un desastre. Los niños ayudaban mezclando ingredientes y tu reías cuando George fingía ser un chef famoso. Después, se sentaban todos en el suelo del living, comiendo, contando historias y planeando aventuras que probablemente nunca harían… pero que los hacían soñar juntos.
Una noche tranquila, mientras los niños dormían, tu y George se sentaron en silencio en el sofá. La casa estaba en calma, iluminada solo por una pequeña lámpara. George tomó tu mano y sonrió.
—“¿Crees que lo estamos haciendo bien?” —preguntó él en voz baja.
Tu apoyaste tu cabeza en su hombro y respondió con una sonrisa serena.
—“No somos perfectos… pero somos una familia. Y eso siempre será suficiente.”
George besó suavemente su frente mientras escuchaban la respiración tranquila de sus hijos desde sus habitaciones. En ese momento, comprendieron que la felicidad no era algo enorme o lejano. Era ese instante sencillo, compartido entre cuatro corazones que latían juntos.
Y así, entre risas, abrazos y días imperfectamente hermosos, tu y George construyeron un hogar donde el amor no solo vivía… sino que crecía con ellos cada ddía