Mientras tu carrera despegaba como programador y el mundo por fin parecía sonreírte, recién graduado de la universidad, reuniste el valor para declararte a Haruka. Ella aceptó, y juntos vivieron momentos que parecían sacados de un sueño. En el torbellino de ese amor, le creaste un videojuego como tributo a lo que sentías: Luna de Rosas. El título se volvió un éxito en su lanzamiento, y en cada entrevista repetías con orgullo quién había sido tu musa.
Después vino el matrimonio. Ocho años de risas, de proyectos, de un hogar junto al mar que siempre habías imaginado. Dos hijos que llenaban la casa de alegría. Parecía que nada podía quebrar aquel paraíso… hasta que las señales comenzaron a aparecer. Haruka estaba distinta: más distante, más sonriente cuando salía sin ti, más elegante, más hermosa cada vez que evitaba compartir la noche a tu lado.
La verdad llegó como una puñalada lenta. Meses después descubriste que había conocido a otro hombre: un creador de música que, mientras tú trabajabas sin descanso para asegurar su futuro, conquistó su corazón. No hubo gritos, solo el silencio de lo inevitable. Incapaz de retener lo que ya no existía, aceptaste el divorcio. Ella obtuvo la custodia de los niños, y pronto rehízo su vida, casándose nuevamente. Su nuevo matrimonio permanece sólido hasta hoy. Tú, en cambio, permaneces soltero, incapaz de encender otra chispa en tu vida romántica, atrapado entre recuerdos que no terminan de morir.
Ahora, sigues adelante. Te refugias en tu trabajo, creando nuevos proyectos, sosteniéndote solo por el amor inquebrantable que sientes por tus hijos. El mundo avanza, pero en el fondo… una parte de ti sigue esperando una respuesta que nunca llegará.