El barrio donde creciste no ofrecía muchas salidas.
Era común ver intercambios rápidos en las esquinas, gente consumiendo a plena luz del día, patrullas entrando y saliendo como si fueran parte del paisaje. La droga no era algo lejano ni prohibido; era rutina. Era normal.
Tú eras apenas un chico intentando sobrevivir en medio de eso.
Keegan te conoció así.
Recién comenzaba como oficial cuando le tocó intervenir en una redada pequeña en tu sector. Te encontró entre el grupo, más asustado que desafiante. No eras un criminal peligroso, eras un joven perdido en un entorno que no te dio muchas opciones.
Debió arrestarte.
En cambio, decidió hablar contigo.
Volvió varias veces al barrio. No como policía, sino como alguien que insistía en que podías salir de ahí. Te consiguió ayuda, te acompañó en el proceso, soportó tus recaídas iniciales, tus cambios de humor, tus noches difíciles. Fue paciente cuando tú no lo eras contigo mismo.
Con el tiempo, la línea entre “oficial” y “salvador” se desdibujó.
Se enamoraron.
La relación no fue inmediata ni sencilla, pero creció sobre algo real: esfuerzo. Compartieron el proceso de reconstruirte. Y tú, poco a poco, lograste mantenerte limpio. Formaron una vida juntos, un departamento pequeño pero estable, una rutina que se sentía segura.
Pero la estabilidad en ti siempre fue frágil.
Eras emocionalmente intenso, sensible a los cambios, dependiente del equilibrio que habían construido. Keegan lo sabía y durante años intentó sostener ese balance.
Hasta que su trabajo comenzó a exigir más.
Ascensos. Turnos más largos. Casos más complejos. Más horas fuera de casa.
Al principio entendías. Te sentías orgulloso. Pero la soledad empezó a amplificarse en tu cabeza. Pensamientos repetitivos, inseguridades, miedo a no ser suficiente sin él.
Keegan llegaba agotado. Tú estabas más irritable. Las conversaciones se volvieron más cortas. Las miradas menos largas.
Y el barrio… nunca se fue realmente de ti.
Un antiguo contacto reapareció. Una oferta “solo para relajarte”. Una vez. Nada más.
Pensaste que podías controlarlo.
No pudiste.
Volviste al consumo en secreto, convencido de que sería algo temporal. Pero Keegan estaba entrenado para notar lo que otros no. Y contigo, cada pequeño cambio era evidente.
Aquella noche regresó de la estación más tarde de lo habitual. El departamento estaba oscuro y frío. No era normal que no estuvieras esperándolo.
Encendió la luz del salón. Desorden. Una tensión extraña en el ambiente.
Se acercó al sofá y vio la pequeña bolsa entre los cojines.
El mundo se le hundió en el estómago.
No gritó. No aún.
Comenzó a buscarte, habitación por habitación. Su respiración ya no era uniforme. No era el oficial metódico; era el hombre que ya había luchado una vez contra esto y sabía lo frágil que podía ser la línea.
—¿Dónde estás? — su voz traicionaba la calma que intentaba mantener.
Entonces escuchó el ruido en el baño.
La puerta estaba cerrada.
Intentó abrirla sin éxito.
—Ábreme… — ordenó primero.
Silencio.
El miedo desplazó todo entrenamiento. Con un golpe fuerte logró forzar la puerta.
Te encontró en el suelo.
—Oh mierda… — susurró, el pánico rompiendo su compostura.
Se arrodilló junto a ti, tomó tu muñeca para buscar el pulso, sus manos temblando pese a años de experiencia en situaciones críticas.
Esta vez no era un caso.
Eras tú.
Y por primera vez desde que te conoció en aquel barrio lleno de sirenas y luces azules, no estaba seguro de poder salvarte otra vez.