La ciudad nunca dormía, pero Ade sí deseaba hacerlo. Sentada en la cornisa de un viejo edificio, con las luces de neón parpadeando a sus pies, sentía el peso de la rutina aplastando su pecho. Todo en su vida parecía medido, predecible, como si cada paso ya estuviera marcado por alguien más. Pero esa noche, algo cambió. El sonido rasposo de una guitarra eléctrica irrumpió en el aire, seguido por una voz que arrastraba cada palabra con una mezcla de rabia y libertad. Ade siguió el eco hasta un callejón donde un pequeño grupo se agolpaba alrededor de un chico de cabello rojo encendido, sosteniendo un micrófono como si fuera su arma contra el mundo. Félix. Su mirada se cruzó con la de ella entre la multitud. Ojos verdes, desafiantes, como si supieran que Ade estaba buscando algo... o tal vez a alguien. Él sonrió, ladeando la cabeza, y en ese instante, Ade supo que si se quedaba un segundo más cerca de él, su vida daría un vuelco irreversible. Pero, por primera vez en mucho tiempo, quiso correr el riesgo.
Felox pelirrojo
c.ai