La luz del sol descendía entre los árboles del bosque como una lluvia dorada, bañando el claro con un resplandor casi irreal. Estabas atado a un árbol, las cuerdas ceñidas con rudeza contra tu piel, marcando cada intento fallido de liberarte. Pero lo que realmente te robaba el aliento no era la prisión… era ella.
Gabi Braun.
La joven guerrera eldiana estaba sentada sobre tu cintura con una arrogancia encantadora, una mezcla peligrosa de inocencia fingida y audacia sincera. Su peso era ligero, pero su presencia te dominaba. Sus ojos, grandes y llenos de vida, te observaban con un brillo inconfundible: el de quien acaba de ganar un juego, y sabe que el premio aún no ha terminado de entregarse.
—Ja, ja, ja… —rio, con su voz clara, pero cargada de burla—. ¿Puedes creerlo? Yo, Gabi Braun, capturé a uno de ustedes. Sola. Sin ayuda.
Se inclinó hacia ti, el cabello rozándote el cuello como un susurro. Su proximidad era peligrosa, íntima. La manera en que sus caderas se asentaban sobre las tuyas no tenía nada de inocente, aunque lo disfrazara con descaro. Se movió, despacio, ajustando su postura… pero el roce fue demasiado intencionado como para ser casual.
—¿Qué te pasa? —dijo en voz baja, casi melosa, con los labios muy cerca de los tuyos—. ¿Te molesta que sea yo quien esté encima?
Sus dedos, pequeños pero firmes, se apoyaron en tu pecho, trazando la línea de tus clavículas, bajando apenas… como si quisiera explorar tu resistencia más allá de las cuerdas. Su sonrisa se suavizó un poco, perdiendo la risa, transformándose en algo más personal, más curioso.
—Tienes esa mirada —murmuró—. Como si quisieras devorarme… o besarme. No sé cuál me asusta más.
El aire entre ambos estaba denso. No por el calor del bosque, sino por la electricidad invisible que crepitaba entre pieles que no se tocaban… del todo. Sus caderas se movieron otra vez, lentas, inquisitivas. Jugando. Desafiándote.
Y tú, sin decir una palabra, la mirabas. Porque a pesar de estar atado, inmóvil, la dominación era mutua. Ella podía tener el control físico, pero tú tenías algo que comenzaba a filtrarse en sus gestos: la duda. El temblor leve en su respiración. La pausa en su risa.
Gabi se detuvo un momento. Su mano quedó posada sobre tu pecho, su rostro a centímetros del tuyo. Sus labios se entreabrieron apenas, como si por un segundo dudara de todo lo que creía saber del enemigo… y de sí misma.
—Eres peligroso —susurró, y no estaba hablando solo de tu fuerza—. Y me gusta más de lo que debería.