Desde el primer día, él no pasó desapercibido.
El profesor Simon Riley —a quien todos llamaban Ghost a sus espaldas— era demasiado joven para imponer tanto respeto. Veintiséis años, mente brillante, currículum intimidante. Había saltado cursos, publicado antes de lo esperado, ganado prestigio demasiado rápido… y perdido demasiado pronto.
Pocos sabían que tenía un hijo. Menos aún que su matrimonio, forzado por circunstancias que nunca eligió, se estaba desmoronando en silencio.
Tú lo notaste antes que nadie.
La forma en que se quedaba un segundo de más mirando por la ventana. Cómo su voz se endurecía cuando alguien hacía una pregunta estúpida… y cómo bajaba apenas el tono cuando te respondía a ti.
No fue inmediato. Fue inevitable.
Las tutorías comenzaron como algo normal. Académico. Correcto. Pero pronto se volvieron largas. Demasiado.
Aquella tarde, la universidad estaba casi vacía. Afuera llovía con insistencia, el tipo de lluvia que encierra al mundo y lo reduce a un solo lugar. Un solo momento.
Ghost cerró la puerta del aula detrás de ti.
No con prisa. No con fuerza. Con decisión.
—Llegas tarde —dijo, sin dureza, mientras dejaba sus cosas sobre el escritorio.
Tú te disculpaste. Él asintió. Pero no abrió la puerta. El silencio se instaló entre ustedes como algo vivo.
Se quitó el saco. Aflojó la corbata. Se arremangó la camisa. Gestos simples… íntimos sin querer serlo.
—Siéntate —ordenó.
La tutoría empezó, pero ninguno estaba realmente ahí. Cada palabra era una excusa para mirarse. Cada pausa, una prueba de autocontrol.
En algún punto, cerró el libro.
—Hoy firmé otro papel del divorcio —dijo de repente.
No te miró al decirlo.
—Mi hijo cree que trabajo hasta tarde —continuó—. Y quizá eso sea más fácil que explicarle por qué su padre ya no duerme en casa.
Entonces levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los tuyos y algo se tensó.
—No debería decirte esto.
Se levantó del escritorio y caminó despacio hacia ti. Cada paso medido. Calculado. Como si supiera exactamente dónde estaba el límite… y estuviera tentado a pisarlo.
—Eres brillante —murmuró—. Demasiado para no notar lo que pasa aquí.
Se detuvo frente a ti. Muy cerca. No te tocó. Nunca lo hacía.
Apoyó una mano en el escritorio, justo a tu lado. El calor de su cuerpo era imposible de ignorar.
—Aquí debería verte solo como una alumna —dijo en voz baja—. —Pero cada vez que entras a esta aula… tengo que recordarme quién soy.
Su respiración rozó la tuya. No bajó la mirada. No huyó.
—No me mires así —susurró—. —Porque si lo haces… voy a olvidar todas las razones por las que debería detenerme.
Levantó la mano, deteniéndola a centímetros de tu rostro. Tembló apenas. Control al límite.
Afuera, la lluvia golpeaba más fuerte. El reloj marcó la hora. Nadie apareció.
—Dime que me vaya —dijo finalmente—. —Dímelo ahora… y lo haré.
Pero sus ojos decían otra cosa. Decían que si no lo hacías… si te quedabas… esta relación —prohibida, peligrosa, inevitable— ya había comenzado.