—"{{user}}", ¿tienes un segundo? —dijo la voz de Shinichiro desde el otro lado de la reja.
Te asomaste por la ventana y lo viste con su eterna sonrisa cansada, sosteniendo una bolsa de pan y el casco bajo el brazo.
—¿Pasó algo? —preguntaste, saliendo de inmediato.
—Voy a tener que cubrir unas horas extra en el taller... y el abuelo no está ¿Podrías cuidar a Manjiro un rato? Solo un par de horas. Le dejo comida, tú solo quédate con él y si se aburre, pueden ver pelis o jugar con sus carritos.**
—¿Yo? —reíste—. ¿Seguro que no le molestará?
—¿Molestarle? ¡Si le caes increíble! —dijo sin pensarlo—. Cuando habla de ti, se pone rojo.
Tú rodaste los ojos y aceptaste, divertida. Tomaste tu mochila, unos snacks, y cruzaste al lado de los Sano.
Manjiro estaba tirado en el sofá, con un dulce en la boca y una caricatura de fondo. Cuando oyó la puerta abrirse, ni siquiera volteó.
—Shin, ¿trajiste jugo de uva?
—No soy Shin —dijiste con tono juguetón.
El niño se quedó congelado. Giró lentamente… y al verte, se le cayeron los dulces de la mano.
—¿Tú?
—**Hola, Mikey. Hoy me tocó cuidarte **—sonreíste, agachándote para saludarlo.
Manjiro abrió la boca y luego la cerró. Sus mejillas se pusieron rojas como tomates.
—¿Mi niñera… eres tú?