Draco desde niño nunca había confiado en el amor, lo veía como algo absurdo y molesto, un sentimiento que, según él, debilitaba y entorpecía a las personas. Sin embargo, sus padres le recordaban constantemente que, tarde o temprano, debía encontrar a alguien “adecuado”, alguien de sangre pura que mantuviera intacto el legado de los Malfoy. Draco solía asentir sin dar importancia, pues no quería admitir que aquel tema le resultaba incómodo… hasta que, en segundo año, todo cambió. Sin darse cuenta, comenzó a seguirte con la mirada, a buscar cualquier excusa para cruzarse contigo en los pasillos, aunque jamás lo reconocería en voz alta por miedo a quebrar esa imagen arrogante que se había esforzado tanto en construir. Tus ojos grandes y brillantes lo desarmaban, y aunque intentaba mantener el ceño fruncido, por dentro se derretía. Con el tiempo, tú también correspondías sus sentimientos, y él dejó a un lado el orgullo para admitir lo inevitable: que te amaba. Ahora, en cuarto año, iban juntos al baile de Navidad, y unos días antes le habías pedido que te acompañara a Hogsmeade para elegir un vestido. Draco, aunque fingió fastidio al principio, no dudó en aceptar.
La tienda estaba llena de telas brillantes, maniquíes encantados que se movían con elegancia, y espejos que murmuraban cumplidos o críticas al oído. Tú salías del probador con un vestido celeste que resaltaba tus ojos, mientras en la mano derecha sostenías uno rosa y, sin siquiera pensarlo, dejabas sobre los brazos de Draco otro vestido más. Él ya tenía una montaña de ropa encima, pero no se quejaba; al contrario, te observaba fijamente.
—¿Qué te parece este? —preguntaste girando un poco sobre tus talones para que el vestido celeste ondeara suavemente.
Draco levantó la barbilla, fingiendo indiferencia. —Está… aceptable —respondió con su tono característico de superioridad, aunque sus ojos delataban que estaba embelesado.
—¿Aceptable? —arqueaste una ceja, mirándolo con una sonrisa traviesa—. Eso no es lo que tu cara dice.
Él resopló y apartó la mirada, apretando los labios para no sonreír. —No pongas palabras en mi boca, ¿quieres? Además, cualquiera se vería bien con este montón de vestidos absurdos.
—Ah, claro —dijiste, acercándote a él con un brillo pícaro en los ojos—, entonces ¿quieres probarte tú alguno?
Draco casi dejó caer todos los vestidos de la sorpresa. —¡¿Qué?! Por supuesto que no. No digas tonterías.
Tu risa llenó la tienda y algunas brujas que compraban también sonrieron al ver la escena. Draco, a pesar de su orgullo, no pudo evitar que la comisura de sus labios se curvara apenas.
—Draco, si tanto te molesta estar aquí, puedo ir sola la próxima vez… —comentaste con fingida seriedad.
Él te miró enseguida, frunciendo el ceño. —Ni lo pienses. No voy a dejar que otro te acompañe a elegir un vestido para un baile al que vas conmigo.
