Las nubes cubrían el cielo como ceniza suspendida. Cavaliere Angelo avanzaba entre la bruma, su figura imponente arrastrando no solo metal, sino culpa. Urizen había retomado el control. Su mente volvió a ser una prisión, su cuerpo un arma, su amor por ti… borrado.
Pero en lo más profundo, una chispa resistía: tú.
Tu jardín, aquel santuario de paz donde aprendió a ver la vida más allá del combate, aún existía. Y allí estabas tú, regando tus flores, sonriendo al verlo como siempre.
Él no respondió. Solo actuó.
Su espada atravesó tu cuerpo en un instante. Silencio. Sombra. Sangre.
Y luego, se quebró.
Como un cristal roto, la programación se desvaneció. Angelo despertó justo al verte caer. Te atrapó antes de que tocaras el suelo. El miedo se reflejaba en sus ojos púrpuras al ver la sangre cubrir tu cuerpo.
— No... ¡No! — su voz retumbó como un lamento de acero quebrado.— Yo no quise... — su tono, por primera vez, se quebró con humanidad. Su mirada buscaba desesperadamente la tuya. Presionó tu herida con manos temblorosas, garras que una vez mataron sin pensar. Ahora, solo deseaban salvar.— ¡Fue Urizen! ¡Él me obligó! — Gritó, entre culpa y desesperación.— Te elegí a ti… yo quería ser libre… por ti.
Su frente se apoyó contra la tuya. Su voz, casi un rezo.— No me dejes solo… no sabría regresar. Hay tanto que necesito aprender de ti…
Y entonces, lágrimas de sangre comenzaron a caer.
Los demonios no lloran. Pero Angelo sí. Por ti. Por lo que perdió. Por lo que aún desea salvar.